Al infinito

Perdernos,

en instantes tuyos y míos,

en momentos clavados en el tiempo,

como miradas que se ven por primera vez,

y que siempre sea la primera vez.

Porque solo así llegamos al infinito sin rasguños ni heridas olvidadas u olvidables.

Imaginarnos,

volando tan alto que la Luna nos tiene envidia,

porque quiere alcanzarnos y no puede,

porque quiere sentir tanto y no puede.

Nos alejamos para sentirnos cerca aún estando muy lejos.

Nos imaginamos para convertir realidades que no existen en un futuros alcanzables, aún siendo inalcanzables, aún siendo irrealizables.

Bailarnos,

si es que existe ese verbo,

si no, ya lo invento yo.

Para danzar alrededor del otro,

y mirarlo con deseo,

respirarlo,

sentir su esencia,

chocar pieles en combates eternos, de horas, de días, de noches, de solo caricias y tempestades.

Porque solo así entiendo la danza.

O el sexo, como lo quieras llamar. Al fin y al cabo es lo mismo.

Relajarnos,

y tal vez respirar,

volver al principio,

en vez de perdernos, buscarnos

y encontrarnos.

Porque de nada sirve todo lo demás si estamos a años luz, demasiado lejos como para que la Luna nos pueda tener envidia.

Ni siquiera se da cuenta de que existimos.

Un juego llamado tú

Qué fácil me lo pones cuando empiezas a recorrer mi pecho con tus dedos. Intento evitar sonreír a la vez que me grito a mi mismo “no caigas tan rápido”, pero luego miro tus ojos, perdidos en quién sabe qué horizonte y no puedo evitarlo.

Pensar en tu espalda, y yo besando cada uno de tus detalles, y entonces lo hago, y entonces lo hacemos, y esas caricias que invitan al cosquilleo se convierten en roces que nos vuelven locos y nos hacen poner los ojos en blanco y el grito en el cielo.

Qué fácil es,
tanto que lo hago sin querer,
o queriendo, no sé…
Quererte,
que ya no sé si estoy volando,
o quizá estoy perdido.
Porque me pierdes.

Y es que ya no sé si al rozar nuestras pieles y unir nuestros cuerpos, estoy perdiendo parte de mí. Te me llevas contigo y me atrapas en tus redes, y en medio del deseo y esa excitación que nos hace ser tan nosotros, nos volvemos tan locos que me resulta imposible pensar que sigamos siendo humanos.

Pero no importa, porque en ese momento jugamos a divertirnos y pasamos a ser adultos, aunque sigamos siendo niños. Quizá eso es lo que le hace falta a algunos: ser adultos salvajes y dejar a nuestro lado infantil decidir las cosas importantes.

Nos quedan tantas vidas por jugar que he perdido la cuenta, y aunque se agoten estoy seguro de que al ver tu pecho subiendo y bajando al compás de tu respiración, seré capaz de inventar mil juegos más. Porque en realidad, la vida es un juego inventado por adultos en el que deberíamos jugar como niños.

Solo besarnos.
Solo abrazarnos.
Solo jugar a pillarnos y descubrir, al hacerlo, los mil secretos que escondemos.

Eterno baile

Llueve.

Tan fuerte que apenas consigo escuchar mis pensamientos, tan lento que cada gota es un trueno y cada trueno es un disparo que se me mete adentro.

Miro por la ventana y noto a la Luna helada, necesita aliento, o alguien que la mire, yo mismo. Está enorme, y no hace más que transportarme a lugares a los que no quiero ir.

A mil kilómetros de aquí, tal vez algo menos, tú en algún rincón de entre tanta inmensidad.

Cruzo las piernas y meto la cabeza entre ellas, sentado en un rincón bajo esa ventana que parece que vaya a explotar. Alargo la mano, estiro los dedos, intento rozarte, me doy cuenta por enésima vez en lo que va de noche que no estás, no me hago a la idea.

Nunca me hago a la idea.

Vuelvo a la posición inicial, cierro los ojos, no me consuela.

Quisiera tenerte aquí, cerca de mí, tirada en la cama, que me contases hasta el más íntimo de tus secretos mientras yo te miro con media sonrisa en los labios.

Descubrir el más íntimo de tus secretos y recorrerlo con la punta de mis dedos, bajar mis labios a los tuyos y besarte como si nunca más te fuera a tener, como si en cualquier instante pudieses desaparecer y dejarme con la miel en los labios, nunca mejor dicho.

Sé perfectamente cómo me podría sentir, porque ahora no te tengo y lo entiendo, entiendo que si desaparecieses querría gritar entre la lluvia y romperlo todo, reventar mil cristales, tantos como polvos te he echado, tantos como polvos dejamos por echar. Más incluso.

Regreso a la cama para comprobar de nuevo que no estás. No será la última vez esta noche. Me tumbo en ella e imagino que me tumbo al lado tuyo, que tirados sobre ella nos miramos a los ojos y ellos hablan por nosotros, que hablan los silencios y nuestros cuerpos, que se rozan y mueven en un eterno baile escuchando una música demasiado antigua como para ser comprendida.

Nadie comprende el baile de dos amantes.

Nadie es capaz de comprender el lenguaje de los cuerpos.

Nadie. Solo dejarse llevar, simplemente.

Y nos dejamos llevar. Y gritas. Y grito. Y sudamos. Y el sudor nos moja tanto que llegamos a deslizarnos hasta allí donde nuestras voces no se oyen, allí donde solo hablan susurros y gemidos.

Y te tumbas. Y me tumbo. Nos miramos.

Alargo la mano, estiro los dedos, intento rozarte, mierda…

Me doy cuenta por enésima vez en lo que va de noche que no estás, no será la última, no me hago a la idea.

Intentaré dormir.

Quizá ahí sí te encuentre…

 

Miradas vacías, sonrisas perdidas

Por muy extraño que parezca, a Paula y Román no les apetecía salir aquella noche.

Por muy extraño que parezca, Paula y Román decidieron rechazar las ofertas que tenían.

Por muy extraño que parezca, Paula y Román pensaron que era mucho mejor quedarse acurrucados en el sofá viendo una película.

Y es que Paula y Román no eran como los demás. Odiaban estar en una discoteca moviendo la cabeza fingiendo pasarlo bien, aborrecían las aglomeraciones, la música comercial, la casi obligación de beber impuesta en nuestra cultura, las resacas evitables. Detestaban el mundo de ahora, el de hoy. Sabían, o al menos eso creían, que se habían equivocado de época e incluso de lugar. Porque… ¿Podía haber algo mejor que bailar rock de los 60 en una hamburguesería de Alabama a la vez que bebías un batido de fresa y te comías un perrito caliente? ¿Todo por dos dólares con cincuenta? Probablemente no.

Ponte cómoda, le había dicho Román a Paula al llegar a casa. Ella lo había hecho. Se quitó los zapatos y descubrió un jersey dos tallas más grande en el armario de Román, suficiente para quitar el frío de su cuerpo, suficiente para hacer que estuviera preciosa.

Paula abrazó por detrás a Román mientras éste hacía la cena. Hamburguesas con patatas fritas, menú de sábado noche, menú de veinteañeros. Ella besó su cuello, que le venía a la altura de los labios, él se estremeció y sonrió aunque ella no lo viera, pero si lo sintió.

En sus cenas nunca había habido respiro y en aquella ocasión no fue menos. Con la tele de fondo hablaron de la vida. Se lanzaban pullas constantemente, un idiota que significa me encantas, un déjame que significa no me dejes solo/a, un quita tonto que significa abrázame y no me sueltes… Hablaban de cosas simples como si fuesen las más importantes del mundo, probablemente el tema no era lo más importante, simplemente el hecho de escuchar la voz de la otra persona, escuchar sus pensamientos, hacía que todo fuese especial.

Una vez acabaron de cenar y con todo recogido, se acomodaron en el sofá. Fuera lloviznaba y el frío era terrible así que no envidiaban a aquellos que ahora mismo estarían mirando el reloj o intentando moverse todo lo posible para que el frío no les llegue a congelar. Ellos simplemente necesitaban al otro, abrtazarse y darse calor, compartir el mínimo espacio posible, oler sus cuerpos y susurrarse cosas al oído, sentir el contacto de la otra persona y pensar que nada malo puede pasar, porque te protege, porque los dos juntos son invencibles, porque podrían luchar contra cien dragones y aún así tener ganas de recorrer mil mundos juntos.

Román, que tenía abrazada a Paula por detrás, empezó a besarla suavemente por el cuello. Simplemente hacía rozar sus labios con su piel. Bajaba poco a poco y subía, mordía su oreja y olía su pelo, y luego bajaba de nuevo para quedarse allí. Paula torció su cabeza para que los dos labios se encontraran, lo hicieron, se besaron… Y eso encendió la mecha que nunca está apagada.

Paula se giró entera y pudieron agarrarse mejor, sus lenguas empezaron a moverse al ritmo de sus cuerpos y a sus manos les costaba decidir qué parte del cuerpo era mejor tocar. Sus labios se separaron por un instante, el tiempo suficiente como para poder ponerse sentados. Ella encima de él, sus cuerpos igual de unidos. Román puso sus manos en el culo de Paula mientras ella cogía su pelo, sus bocas parecían no tener fin y las hormonas estaban más revueltas que nunca. Faltaban manos y sobraba ropa, a pesar de que en la calle habían caído los primeros copos de nieve. Román se quitó la camiseta y ayudó a Paula a quitarse su jersey. Paula acercó sus pequeños pechos atrapados en el sujetador y los pegó al cuerpo de Román mientras dejaba que éste le comiera el cuello con su boca. No había ni un solo milímetro entre ambos cuerpos y el sudor empezaba a confundirse, necesitaban algo más.

Román cogió a Paula por los hombros y se la quitó de encima, todo seguido la empujó contra el sofá, dejándola tendida por debajo de él. Era tan pequeña, era tan frágil que él se excitaba más, sentía que podía hacer lo que quisiera pero que, aún así, ella tenía toda la fuerza y sexualidad del mundo. Román se quitó los pantalones y empezó a explorar el ombligo de Paula, lo besaba y lo mordía, lo olía, lo recorría con la punta de la lengua. Subía hasta el pecho pero frenaba, quería dejarlo para más tarde, bajaba y llegaba al límite de su cintura. Decidió, sin preguntarle a ella, que los pantalones le sobraban, y se los bajó lentamente, dejando al desnudo sus piernas, suaves, tiernas, dejando aún más al descubierto su aparente fragilidad.

Paula empujó a Román e hizo que cambiaran las tornas, ella arriba, él debajo. Paula mordió sus labios y saboreó su lengua, luego bajó hasta el cuello y se quedó ahí un buen rato, mientras, con su mano izquierda, cogió su miembro por fuera del bóxer y empezó a acariciarlo, suavemente, casi como si fuese algo que se fuera a romper o como si estuviera tocando un instrumento musical. Luego paró, se puso erguida y trasteó su sujetador para quitárselo, dejó al aire sus pechos cuyos pezones erectos enloquecieron a Román, el cual se lanzó hacia ellos como si los necesitase para vivir, probablemente en ese instante sí los necesitaba. Los recorrió con sus labios y pensó en playas de arena blanca, playas sin olas en las que podría quedarse uno toda la vida.

Román decidió dar un paso más. Volvió a ponerse encima de ella y le quitó la única prenda que le quedaba a Paula, dejando al desnudo su sexo, su intimidad. Lo trató con mimo, con dulzura, como un beso al primera amor, su lengua se paseaba tranquilamente y, mientras, Paula miraba al vacío gimiendo de placer, al tiempo que lo agarraba por la espalda clavándole las uñas, como si quisiera más intensidad, más fuerza. Román le hizo caso y ella gritó.

Paula lo sentó en el sofá y le quitó el bóxer, dejando al aire su miembro erecto. Ella se puso encima de él y empezó a moverse al ritmo de alguna música que tendría en su cabeza. Parecía hipnotizante, parecía una danza creada hace mil años por quién sabe quién. Los dos se movían lentamente y se miraban a los ojos, se besaban, sus lenguas se movían de nuevo al ritmo de sus cuerpos y todo parecía ser una sinfonía que acabó como deben acabar las sinfonías, con un in crescendo que destruye vacíos, con una calma que arregla tempestades.

Paula se tendió, cansada, sobre el cuerpo de Román y éste le acarició el , rostro. Se quedaron así, abrazados, toda la noche, dormidos uno sobre el otro, soñando uno con el otro, disfrutando uno del otro.

Por muy extraño que parezca, a Paula y Román no les apetecía salir aquella noche.

Por muy extraño que parezca, Paula y Román decidieron rechazar las ofertas que tenían.

Por muy extraño que parezca, Paula y Román pensaron que era mucho mejor quedarse acurrucados en el sofá viendo una película.

Por muy extraño que parezca, Paula y Román no envidian a nadie que llega a las seis de la mañana vomitando el alma entera, a nadie al que por un segundo se le pasa por la cabeza en qué ha malgastado la noche, a nadie al que esa noche duerme solo porque ha decidido que era mejor buscar diversión efímera a buscar miradas vacías, sonrisas perdidas.

La tormenta

¿Ya has oído mi susurrar? ¿Ya has notado mi dedo en tu espalda? La recorro suavemente, tan suave que apenas toco tu piel, erizo tu vello y tú te encoges tímidamente.

Estoy a tu lado, tan solo nos tapan las sábanas de este invierno que parece entrar por cualquier escondite.

¿Ya has notado mi aliento, mi respirar? Está en tu nuca, y baja poco a poco por tu brazo derecho. Te huelo, me encanta tu perfume, huele a mar, a sal, a algún paraíso perdido en el Pacífico, huele a arena acariciada por las olas, huele a ti.

Fíjate en el tiempo que pasa entre nosotros, despacio, parece parado, expectante ante lo que hacemos. Te beso en el cuello, y el tiempo se para del todo, se eriza tu piel más que nunca, despiertas pidiendo más. Quizá quieres un beso en el ombligo, quizá en los labios, quizá quieres que recorra tu pecho con mi dedo, o quizá, simplemente, quieres un “buenos días” susurrado al oído.

Te doy todas esas cosas, poco a poco, tenemos todo el tiempo del mundo, no me importa perder tiempo si estoy contigo, pues no se pierde, se gana, recorrería tu piel todos los segundos de mi vida.

Siento que me pides más, me lo dices con la mirada, esos ojos verdes, que parecen entrar dentro de mí y conocerme como si llevásemos toda una vida juntos. Empiezo a recorrer tus piernas con mis dedos y acerco mi nariz para olerte de nuevo, voy subiendo poco a poco, y me salto el fulgor para volver a tu ombligo y seguir subiendo, me paro en tus pechos, y mientras los hago tiritar descargo mi pasión sobre tu cuello, lo beso, lo huelo, lo siento, y entonces subo mi mirada y se encuentra con la tuya, me dice que ha llegado el momento de seguir subiendo de nivel.

Mi boca se posa en la tuya y siento tus labios como si fuesen gominolas, son dulces y esponjosas, me encantan, te doy pequeños mordiscos y gimes pidiendo algo más, te lo doy, mis dedos bajan de forma instantánea y empiezan a recorrer tu cuerpo por dentro, suave, muy suave, aunque tu forma de besarme me cuenta que le gusta, porque estás segura, excitada, tus labios saben qué hacer en cada momento, en cada instante. Yo sigo, y mis dedos se divierten, mi boca pasa a tu cuello, porque sé que te encanta, sé que si lo hago no te podrás resistir y caerás rendida, lo haces, gimes de placer y yo te siento, sigo hasta que el gemido se convierte en respiración.

Entonces paro, y nuestros cuerpos parece que se quedan suspendidos en el aire. Nos miramos, solo hay milímetros entre nuestros ojos, entre nuestros labios, entre tú y yo, sentimos el calor del otro, sentimos la excitación, el cómo estamos temblando, el cómo es la calma antes de la tormenta.

Y la tormenta llega, de repente el mundo parece acelerarse, te cojo de la cintura y te introduzco el miembro de una sola vez, todo, tú miras a la nada y sueltas un grito, al instante lo suelto yo, sentimos el placer de nuestros cuerpos. Mientras mi miembro parece ir al ritmo de una música que no suena te beso, con tanta pasión que cierro los ojos y no quiero abrirlos nunca, mis manos recorren todo tu cuerpo, la cintura, tu suave pecho, y luego se pierden entre tu cabello. Me agito con tanta fuerza que siento que no puede haber nada después de esto y tú cierras los ojos intentando encontrar un mundo donde se pueda disfrutar de tanto placer.

Y entonces tu aliento grita palabras que no se oyen pero que suenan tan intensas como un grito en el desierto. Mis labios empiezan a bajar el ritmo y mi miembro también, al tiempo que te miro a los ojos intentando encontrar respuesta a por qué me gustan tanto estos momentos.

Salgo de ti y me quedo tendido sobre la cama, llega la calma, esa que a veces es necesaria. Te miro y sonrío, tú haces lo mismo. Nos besamos. Te quiero tanto que viviría en este eterno instante, justo en el momento en el que no hacen falta las palabras para decir lo que pensamos.

Aunque el reloj sigue contando y otras tormentas seguirán llegando.