Me resulta difícil.

Sí, ya sabes, eso de estar tirado en la cama en silencio con alguien a quien quieres, acariciarle el cabello y enrollarlo en tus dedos, mirar cómo duerme y sonreír.

La gente lo consigue todo el tiempo, pero a mí me parece orfebrería.

Tú y yo, por ejemplo, coincidimos en el tiempo y el espacio.

Ya ves, qué suerte, que entre todas las épocas y milenios existentes nos encontrásemos, nos mirásemos y decidiéramos probar suerte.

Llámale casualidad o que el universo se pusiera de nuestro lado para construir todos los pasos que nos llevaron allí, como el breve aleteo de una mariposa en Tokio que provoca un huracán devastador en Nueva York.

Una palabra acertada y una sonrisa después, pequeños instantes que conforman el camino a recorrer, la vida que se hace grande y piensas cómo demonios lo hace. Sí, eso de ir juntando personas que a veces ni siquiera tienen que ver.

Tiempo, espacio y el momento adecuado, las tres patas que conforman una historia.

A nosotros nos faltó esta última.

De entre todos los universos posibles tuvimos la suerte de coincidir en el mismo y joder, ni siquiera así. Podría haber sucedido en cualquier otro momento y lo hubiéramos hecho real, cogernos de la mano y mirarnos a los labios, vivir ese momento previo al beso que es aún más especial que el propio beso.

Pero caminamos en paralelo.

Somos esa eterna historia pendiente de la que hablamos, esa que jamás sucederá porque ni siquiera sabemos si nos volveremos a encontrar.

Somos esa historia imposible a pesar de que nos hacíamos felices, a pesar de que parecía que el universo había puesto todas las cartas encima de la mesa.

Normal que me resulte difícil.

¿Cuántas historias se quedarán en el “casi”?

¿Cuántas personas serán felices con la persona equivocada?

¿Cuantas caminarán en paralelo a pesar de que, en otro tiempo estuvieron a punto de chocar?

Muchas, demasiadas, a veces nos conformamos por desidia e intentamos desprendernos de viejas mochilas, esas historias que verdaderamente nos marcaron.

Sin darnos cuenta de que es casi imposible, que te acompañarán siempre, que el universo puso el tiempo y el espacio y aprovechará la mínima oportunidad para recordarte lo idiota que fuiste.

 

 

 

Qué jodido es asociarte a algo.

Escuchar aquella canción que tanto te gustaba, ver esa película que me recomendaste y recordarte.

Qué jodido es hacerlo cuando estoy intentando olvidarte.

Lo odio. Escuchar esos acordes y que aparezcas delante de mí, volver a ese momento en que me hablaste emocionada, me tarareaste la canción y yo la escuché por primera vez sin saber que esa canción serías tú para siempre, que ya no tendría otro sentido.

Odio ver la escena de aquella película que comentamos al detalle, que destripamos al milímetro porque era tu favorita, que ya no puedo ver de otra manera que no sea recordándote.

Te convertiste en película, libro y canción. Uno de cada lleva tu nombre y tu rostro.

Y joder, vaya mierda, cerrar los ojos y que vuelvas a mí de esa manera, que aparezcas en cualquier momento inesperado sin yo quererlo, que me hayas olvidado y yo no poder hacerlo.

Lo odio porque temo que no te marches jamás.

¿Cómo hacerlo si convertiste tu canción en una de mis favoritas?

¿Cómo hacerlo si tengo ese libro en la estantería?

¿Cómo hacerlo si parece que todo el mundo habla de ello, de ti?

Me pregunto si a ti también te pasará, si escucharás mi canción favorita y también apareceré ante ti.

No creo, no creo siquiera de que te acuerdes de cuál es mi canción favorita, a pesar de que te la canté mil veces.

No creo que te acuerdes siquiera de mí.

Y, mientras tanto, yo vuelvo a escuchar tu canción.

¿Has pensado ya en cómo será nuestro adiós, en cómo serán nuestros últimos minutos juntos?

No queda mucho para que nuestras voces se apaguen lentamente hasta ese agónico final, hasta el oscuro silencio. Como un precipicio que se acerca a nosotros sin que podamos hacer nada para frenarlo.

Nos falta todo, las ganas y la vida, esa que parecía querer brillar siempre y no creíamos que tuviera final.

Claro que lo tenía, todo acaba, hasta lo que parece ser para siempre.

Pienso mucho en cómo será esa caída, en cuándo se producirá, en lo que vendrá después. Pienso en quién dirá la última palabra, quizá sin ni siquiera saber que es la última, sin tener ni idea de que después solo habrá silencio. Y vacío.

Pienso en el escenario de nuestra historia, ese en el que hemos actuado, en los focos apagados y las gradas vacías, en los momentos que vivimos y solo quedan como eco, como sombras y fantasmas.

Pienso, sobretodo, en si me recordarás.

Luego vendrá el intentar subir por el precipicio, el no saber si hemos caído, si de verdad es el final, el darse cuenta de que todo ha acabado, el ver el rostro del otro en todas partes y querer moverse por impulsos.

Darse cuenta de que lo mejor que se puede usar en estos casos es la razón.

Es jodido tener la certeza de que esto tiene final, que solo quedan unos pasos.

Supongo que el último será el olvido, cuando ya incluso el eco se apague, cuando ya incluso hayamos olvidado nuestros rostros y solo queden nuestros nombres, lo que nos hicimos sentir uno al otro.

Creo que, siendo realistas, eso también se desvanecerá.

Nos damos de la mano y caminamos hacia el inevitable final. Nos miramos a los ojos y vemos en ellos toda nuestra historia. Sonreímos.

Y decidimos cómo acabará esta historia.

Camino sobre mis propias huellas aquellos caminos que un día ya recorrí, aquellos en los que me encontré tantas piedras que no alcanzo a saber cómo sigo vivo.

Camino terrenos conocidos, barro removido en el que se libraron mil batallas, guerras sin vencedores ni vencidos en las que perdimos todos.

En las que volveremos a perder, ahora toca contigo.

Me sueno a mí mismo cansado, aburrido, como si fueses un monstruo más de todos los que ya he visto y conociera todas tus artimañas y tus armas, todas las estrategias que utilizarás para vencerme.

Como si no fueses más que rutina en todo este camino de desencantos que he ido dejando atrás.

Y lo eres, eres rutina, o lo serás. No eres especial.

Has salido del barro y me has visto desnudo, has toqueteado mis armas y te has dado cuenta de que están rotas, me has cogido con la punta de tus dedos y me has zarandeado. Pero no me importa, solo tengo que esperar, pues el propio barro del que saliste te engullirá de nuevo.

Cómo no voy a sonarme cansado, si lo estoy. Cómo no me voy a aburrir si te he vivido un millón de veces, si parece que llevo mil años caminando a tu lado mientras te veo alimentarte de los demás, de mí mismo, despojándonos de todo, echándonos al mismo barro del que provienes.

Cómo no voy a estar cansado si eres el mismo monstruo de siempre disfrazado con otra piel.

Sigo caminando, me agacho, cubro una huella con mis manos y cierro los ojos. Oigo el rugido, sé que estás cerca.

Y ni siquiera me preparo para recibir el impacto. Total, todo será como la última vez.

Como lo fueron todas las veces.

Anoche el pasado me visitó en sueños.

Lo hizo con su mejor cara, aquella que recordaba, lo hizo feliz, como si nada hubiera pasado y no quisiera lanzarme al barro, ese donde se encuentran todas aquellas cosas en que fallé.

Anoche el pasado me visitó en sueños.

El pasado con mirada y con recuerdos, el pasado con rostro y caminar, con iniciales y nombre completo.

Anoche me visitaste en sueños.

Lo hiciste radiante y temí perder la cabeza. Creía haberte olvidado, creí haber olvidado tu rostro y todo el tiempo vivido, tu calor y tus dedos en mi espalda, recorriéndola después de haber visto el cielo.

Jamás entendí que aquello que duele no se olvide.

Y en este caso, peor, porque quien dolí fui yo.

Te dolí y ahora te presentas por las noches, te dolí y te has convertido en fantasma, de esos que acechan y destruyen, de los que no disparan balas sino recuerdos.

Te dolí tanto que me duele a mí, te dolí tanto que tengo heridas de mis propias puñaladas, de tus saltos al vacío.

Te dolí tanto que aún me quedan restos de tristeza entre los dedos.

La tuya.

Y ahora que has vuelto, creo que lo que más me ha dolido ha sido verte reír.

Hubiera querido que me zarandearas, recibir un bofetón y me escupieras en la cara, descubrir tu piel y ver en ella tus cicatrices, las que yo mismo provoqué, que cada una de ellas me golpease e hiciera perder el sentido.

Quise que me dolieras como te había dolido yo a ti.

Y, en cambio, sonreías.

Por qué sonreías, joder.

Supongo que porque ves inútil sentir dolor por alguien, porque ser feliz es la mejor de las venganzas, porque eres incapaz de hacer daño a nadie, por muchos golpes que hayas recibido.

Supongo que porque, simplemente, eres buena persona.

Y eso es algo que yo jamás valoré.

Hoy he estado pensando en todas aquellas cosas que jamás sabremos de las personas que amamos.

Amamos del verbo amar en pasado, como son tantas personas que pasan por nuestra vida.

Aquellas que se marcharon o decidimos que se marcharan, las que quisimos en su día y ahora a veces ni recordamos, las que nos rompieron el corazón o rompimos nosotros tal vez de tanto usarlo.

Me he dado cuenta de que jamás sabré si a esa persona le irá bien en ese proyecto que quería emprender o si conseguirá hacer el viaje de su vida, si se comprará un coche o escribirá aquella novela que tenía en mente, si logrará ver a su grupo favorito, si tendrá hijos.

Si habrá amado de nuevo.

Si será feliz.

Jamás volveré a saber si eres feliz.

Y me jode, porque era lo que más feliz me hacía a mí.

Jamás sabré nada más de ti. Yo, que llegué a saberlo todo, tus risas y tus taras, tus miedos y deseos, tus cielos, tus infiernos.

Nosotros, que lo fuimos todo y ahora solo hay nada.

Jamás volveré a saber.

He pensado incluso que te marcharás de este mundo sin que volvamos a hablar, que dejarás este mundo sin que yo siquiera me entere, o lo haré yo antes y para ti será un día más.

Constantemente se marchan personas de nuestra vida que nos han dejado huella, nos despedimos de ellas sin ser conscientes de que esa despedida es para siempre.

Joder, “para siempre”, creo que es el término peor utilizado del mundo.

Porque decimos “para siempre” muy fácilmente, como si creyésemos que no es verdad.

Pero, en realidad, demasiadas cosas lo son.

Camino por abismos, de esos infinitos que no sabes de dónde han salido, que han surgido de repente.

Camino por piedras rugosas, de esas invisibles que no ves hasta que duelen, hasta que ya has tropezado y ves el suelo de cerca.

No hay más precipicios.

Cierro los ojos y los veo, están tan cerca que siento el vacío en el cuerpo y en la sangre, lo respiro y me quema.

Eres vacío y aún no sé cómo de grande.

Eres abismo y precipicio, y aún no sé a qué altura estoy.

Si supieras cuánto me doliste, si supieras cuánto me llevaste…. Si lo supiera yo mismo con exactitud, quizá lo entendería.

La ilusión y la esperanza, lo que no fue y quizá no volverá, los años de una vida que ya no será.

Joder, no pienses en lo que no será.

Tengo vértigo. Trago saliva y soy incapaz de abrir los ojos para ver qué me espera más allá. Me aferro a todo aquello que creo que me da fuerzas y hasta eso me empuja a dar ese paso que no quiero dar.

Al abismo.

Al pasado.

A la muerte.

A ti.

Que me esperas al otro lado, que me aguardas como un monstruo rugiendo por mi cuerpo, mostrando sus dientes, salivando, preparando sus garras para cuando llegue el momento.

En realidad, debería huir hacia adelante.

Al final, quizá, es el único camino. No hay nada detrás de mí o en los costados, solo ahí, delante, en ese vacío.

Y es que, a veces, la única salida es enfrentarnos a ese monstruo. Por más que nos duela, por más que temamos a la muerte.

Y es que, al fin y al cabo, la muerte es solo el inicio de otra vida.