¿Recuerdas cuando volamos por última vez?

Lo hicimos tan bajo que casi chocamos con las heridas hechas por el paso del tiempo. Las rozamos, algunas tan cerca que se hicieron más grandes, como esas cicatrices que, por más alcohol que le eches, no curan.

Creamos hielo en los silencios, tan helado que hubiese sido imposible romperlo. Abrimos las alas sin ganas y yo cerré los ojos porque me dolía ver abismos allí donde había habido gigantes, porque me mataba ver oscuridad allí donde siempre había habido luz:

en tu piel, en tus gestos, en tus labios, pero sobretodo en tus ojos.

Joder, cerraba los ojos para no mirar los tuyos.

Para no hacer frente a la verdad, para poder soportar el vacío, para aguantar la indiferencia.

¿Recuerdas cuando sentimos por última vez?

Aterrizamos sin decirnos nada y, en verdad, sin sentir nada. Supimos al instante que todo había terminado y ni siquiera lo lamentamos.

Y a pesar de ello, a pesar de no haber caído en pleno vuelo, a pesar de esperarlo y saberlo, el golpe fue tan duro como saltar sin paracaídas.

Como saltar, volar sin ti.

Y ahora camino, ni siquiera me acuerdo de volar, de cómo se despliegan las alas si no te veo hacerlo.

Sigo con los ojos cerrados desde entonces, sigo sin poder abrirlos mientras aprendo de nuevo.

A eso de volar con cicatrices.

A eso de volar incluso con heridas abiertas.

Cuando reía emitía el sonido más bonito del mundo.

Era cálido y agudo, silencioso a la vez, como un pájaro en mitad del bosque, viento y sonrisa, paz, vida y luz.

Cerraba los ojos y se tapaba la boca, como si en realidad no se atreviera a volar, y para mí se paraba el tiempo, se me hacía más lento. Reía a cámara lenta y yo me fijaba en todos sus detalles.

En sus arrugas, que contaban historias de guerra y soledad, de pobreza y tempestad.

En sus ojos hundidos, quizá agotados de llorar, quizá de mirar el mundo como nadie lo hacía jamás.

En su cuerpo escuálido, cansado de tanta pelea, de cuidar y vigilar, de temblar y batallar, de luchar por todos los que estan a su alrededor.

Reía en color sepia, pues cuando lo hacía volvía a ser pequeña, a tiempos de no pensar, de dejar la mente en blanco, de imaginar tantos futuros como estrellas se pueden contar. Reía en color sepia porque en ese color estaban muchos con los que hablaba del verbo amar.

Aquellos que ya se habían ido.

Reía y después suspiraba, miraba el vacío con nostalgia, y yo la imaginaba joven, rodeada de malvados, de aquellos que por soberbia los habían callado. Y era lágrima sin agua porque se había acostumbrado a no llorar.

Cuando reía emitía el sonido más bonito del mundo y ese silencio era el más dolorso.

Así que dormía para escapar. Y yo la imaginaba de niña, corriendo por un gran campo verde, con los cabellos dorados de princesa, con nadie que le pudiera hacer daño.

La imaginaba libre, como deben estar los pájaros, como debía estar ella.

Como sé que ahora estará.

 

 

 

No hay que perderla

Me pierdo en vacíos que quisieron acabar conmigo antes de tiempo, en vías de tren cuyos raíles ya no chirrían por el paso del tiempo, caigo y caeré ante imperios que se levantaron cuando el Sol estaba en lo más alto.

Siento que a cada segundo que pasa el reloj da marcha atrás hacia un 0 que será inevitable, que llegará y hará explosión en todos mis sentidos, en todas mis verdades y en todas mis mentiras, aquellas que conté para salir del paso y que ahora me sobrepasan, que ahora me pierden, que ahora me restan.

Y grito,  y chillo, y solo se escucha el eco de mi voz pendiente de respuesta, de que alguien me escuche. Pero ya nadie escucha ecos, eso es de otros tiempos, ya nadie escucha ecos porque ya nadie camina tras los pasos, ya no queda nadie, nadie, nadie… el eco es aire vacío de palabras, de suspiros, de agitaciones provocadas por el miedo, que solo fueron un parche para una herida que no tenía remedio. Nunca lo tuvo.

Las balas provocarán las heridas, disparadas desde una bomba de metal fría y gris, una bomba que alimenta y daña a la vez. En este caso mató sin querer, quizás queriendo, ya no sé. Muerte que no llevó a otro mundo sino que se perderá entre vivos para que duela aún más. Y es que no hay peor muerte que vivir estando muerto.

¿Y ahora? Ahora solo silencio, a pesar de que sigo gritando. Ya solo silencio porque no sirvió de nada agitar las manos, ni los vientos, ni el murmullo, ni las voces.

Ya solo silencio porque entendí que vida solo hay una y no hay que perderla gritando que perdí todo aquello que tenía a mi lado.

No hay perderla gritando que perdí todo aquello que tenía.

No hay que perderla gritando que perdí todo.

No hay que perderla gritando que perdí.

No hay que perderla gritando.

No hay que perderla.

Perderse

Nos perdimos,

en aquel frío helado que recorría nuestros cuerpos,

y nuestras mentes,

en realidad todo aquello que hacía que pudiera funcionar,

y ya no lo hacía,

ya no éramos dos mitades que funcionaban como una,

sino dos mentiras que hacían de nosotros nadie,

ya no sé si queríamos querernos,

creo que más bien helarnos,

congelarnos,

alejarnos hasta dejar de sentirnos,

hasta dejar de sentir,

a pesar de casi rozarnos.

Nos perdimos,

olvidando todo aquello que encontramos,

que nos encontrábamos,

sin querer y queriendo,

porque nos queríamos queriendo y sin querer,

hicimos del fuego nuestra vida,

de la pasión nuestro arte.

Escribimos las canciones y los versos más tristes,

siempre hablando de los demás,

siempre creyendo que no nos iba a tocar,

y ahora hablan de nosotros,

y ahora nos cantan,

y ahora nos riman,

y ahora nos golpean las verdades a la cara.

Maldita sea,

maldita sea el tiempo,

o la distancia,

o el silencio.

Maldita sea todo lo que un día nos heló y nos dejó congelados,

maldita sea la puta vida esta que ya no nos habla de amor,

ni de nosotros,

solo del vacío.

Esa nada…

Los tres puntos suspensivos más largos de la historia,

porque nunca completaremos esa frase que nos quedó por escribir,

una frase o tal vez un libro entero,

ese que debía contar nuestra historia.

Esa que se quedó a medias pero tiene punto final.

Invierno

Quiero un invierno contigo.

Quiero eso de manta y de sofá, de perdernos en caricias que acercan suspiros y matan el frío, quizás una taza de café ardiendo entre nuestros dedos, cerrar los ojos y dejar que entre por nuestra garganta y sentir el calor del amargo negro.

Quiero eso, un invierno contigo.

Quiero escuchar llover, o ver nevar, no importa, me da igual. Y que tal vez nos pille por sorpresa fuera de casa y volvamos empapados, que encendamos rápido un fuego y nos sentemos ante él a observarlo, en silencio, que crepite al compás de los latidos y nos perdamos en ellos, entre besos y abrazos, entre miradas y mordiscos que dicen todo.

Quiero que al llegar la medianoche lleguen las tormentas que afloran deseos y se llevan las penas, y que luego nos tapemos con mil mantas hasta quedarnos dormidos o hasta que el amor nos deje agotados, despertarnos en mitad de la noche y sentir el frío y el calor al mismo tiempo, retorcernos y estirarnos al mismo tiempo, acurrucarnos para que no vuelva a pasar.

Quiero un invierno contigo.

De esos de manta y sofá.

De chocolate caliente para desayunar.

De lluvia y nieve, de frío que pierde los sentidos.

De ti.

Quiero un invierno contigo e iré a buscarte hasta el fin del mundo, porque un invierno es frío y frío hace en cualquier parte, pero en cualquier parte no estás tú y si no estás tú no puede ser invierno.

Y me da igual el invierno si no es contigo.

Y en realidad, me da igual todo si no es contigo.

Vuelve

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo. Pensé que debías saber que echo de menos tus manías, por ejemplo esa que tenías de cerrar el armario cada vez que nos íbamos a dormir. Pensabas que de ahí dentro podía salir cualquier bestia inimaginable, arrancarnos las sábanas y comernos con patatas fritas. De ahí nunca salió ningún monstruo pero tú te tapabas hasta arriba y yo te miraba soñador, porque me encantaba sentirte a mi lado.

Echo de menos que te pusieras mis sudaderas aunque te vinieran tres tallas grandes, y que luego te tiraras junto a mí en el sofá y me dieras calor, poner una película de fondo y que ésta nos diera igual, porque entonces empezábamos a besarnos y reírnos con nuestros juegos. Acabábamos los dos, uno sobre el otro, escuchando el respirar del otro, hablando en voz baja, como si alguien nos pudiese escuchar. Lo hacíamos así porque a susurros, las notas son más sinceras y el eco aún más cierto, lo hacíamos así porque nos entendíamos casi con mirarnos.

O que te pusieras a cantar, también lo echo de menos. Que pusieses una canción en el equipo de música, cogieses el mando de la tele a modo de micrófono, y acompañases la canción con la peor de tus voces y el más arrítmico de los bailes. Luego, cuando de verdad te ponías sería, o nostálgica, te oía cantar a susurros, con timidez, y deseaba con todas mis fuerzas escucharte alto o, por lo menos, que me susurrases al oído.

Pensé que debías saberlo.

Que echo de menos verte sonreír.

Que echo de menos abrazarte por la espalda.

Que echo de menos decirte todo cuanto sueño.

Rozarte.

Besarte.

Follarte.

Y ya no sé si quieres, o puedes.

Si te sigo haciendo falta, como era antes.

O si ya no soy nada.

Porque estás ausente y te noto tan lejos que apenas alcanzo a verte, aun estando a dos centímetros de mí, aun notando tu respirar, aun queriéndote igual que lo he hecho siempre. Porque con el paso del tiempo fuiste dejando de ser tú para convertirte en otra persona. Y no te reconozco, y ya no eres tú, y ya ni siquiera soy yo.

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo.

Vuelve.

Apología de la felicidad (I)

A veces la vida nos pone retos tan difíciles que nos creemos incapaces de asumirlos y afrontarlos. Puta vida esta que parece empeñarse en que no seamos felices, puta vida esta que se empeña en que vivamos por vivir sin disfrutar del camino, puta vida esta que antepone sobrevivir al vivir, la guerra al disfrute, la muerte a la propia vida.

La vida fue inventada para ser felices y, a veces, nos empeñamos en seguir caminos que no nos llevan a ello, en cargar con pesos demasiado pesados, que nos someten, que nos matan. Nos avisaron de que en esta vida teníamos que ser alguien, a veces, a cualquier precio, sin pensar que tras el camino acabaríamos moribundos, agotados de intentar ser quién no queríamos ser, sino quien debíamos ser.

No nos avisaron que el precio era muy alto. No nos avisaron de que el precio no se pagaba con dinero, sino con felicidad, que cuanto más intentáramos tener, menos felices íbamos a ser, que se apagarían las sonrisas. Tampoco nos dijeron que iba a ser tan difícil unir lo que a uno le produce felicidad y lo que a uno le da de comer a final de mes. Nos dijeron que lo importante era esto último, pero a qué precio… a qué precio…

Sigo pensando que prefiero ser feliz a vivir una vida amargado por lo que “debo ser”. Prefiero ser rico de otra manera, prefiero levantarme cada mañana con una sonrisa en la boca y un motivo por el que luchar. Llamadme loco, pero prefiero ser feliz a vivir amargado por algo que realmente no quiero hacer. Llamadme loco, pero lucharé hasta la muerte por conjugar placer y deber en una misma palabra.

Porque nadie debería tener que hacer aquello que, en realidad, no le apetece. Porque todos tenemos derecho a levantarnos cada mañana y no estar deseando que termine el día ya. Porque la vida en sí no es complicada, la vida en sí no es puta, pero los humanos nos empeñamos en hacerla así.

Reinventémonos.

Busquemos la felicidad.

Seamos felices sin pensar en nada más.