No hay que perderla

Me pierdo en vacíos que quisieron acabar conmigo antes de tiempo, en vías de tren cuyos raíles ya no chirrían por el paso del tiempo, caigo y caeré ante imperios que se levantaron cuando el Sol estaba en lo más alto.

Siento que a cada segundo que pasa el reloj da marcha atrás hacia un 0 que será inevitable, que llegará y hará explosión en todos mis sentidos, en todas mis verdades y en todas mis mentiras, aquellas que conté para salir del paso y que ahora me sobrepasan, que ahora me pierden, que ahora me restan.

Y grito,  y chillo, y solo se escucha el eco de mi voz pendiente de respuesta, de que alguien me escuche. Pero ya nadie escucha ecos, eso es de otros tiempos, ya nadie escucha ecos porque ya nadie camina tras los pasos, ya no queda nadie, nadie, nadie… el eco es aire vacío de palabras, de suspiros, de agitaciones provocadas por el miedo, que solo fueron un parche para una herida que no tenía remedio. Nunca lo tuvo.

Las balas provocarán las heridas, disparadas desde una bomba de metal fría y gris, una bomba que alimenta y daña a la vez. En este caso mató sin querer, quizás queriendo, ya no sé. Muerte que no llevó a otro mundo sino que se perderá entre vivos para que duela aún más. Y es que no hay peor muerte que vivir estando muerto.

¿Y ahora? Ahora solo silencio, a pesar de que sigo gritando. Ya solo silencio porque no sirvió de nada agitar las manos, ni los vientos, ni el murmullo, ni las voces.

Ya solo silencio porque entendí que vida solo hay una y no hay que perderla gritando que perdí todo aquello que tenía a mi lado.

No hay perderla gritando que perdí todo aquello que tenía.

No hay que perderla gritando que perdí todo.

No hay que perderla gritando que perdí.

No hay que perderla gritando.

No hay que perderla.

Última salida

Una oportunidad, otra, otra y otra… son tantas… Alguien espera palabras y yo solo doy silencios, silencios que intentan decir cosas pero que no son suficientes, tampoco vale una mirada, una sonrisa o un gesto quizá imperceptible, solo palabras, simples palabras… ¡Maldita sea! Me miro a mí mismo y quiero gritarme, quiero darme una bofetada para ver si me doy cuenta de una vez…

De que el tren al que me quiero subir no estará ahí toda la vida.

Cuentan los segundos, cuentan todos esos instantes perdidos, cuentan todas esas veces en que pude decir te quiero, cuentan las batallas que creía perdidas y sobretodo cuentan las que están por ganar.

Sueño demasiado. Me pienso que lo que no pude o no supe hacer hoy lo podré o lo sabré hacer mañana, cierro los ojos e imagino lo que va a pasar, todo es perfecto, se vive feliz y se come perdiz y me viene a la cabeza la frase esa de… mañana será un gran día.

Y nunca lo es.

El mañana es un día como todos los demás, quizá triste, quizá feliz, pero no perfecto. Porque solo sería perfecto si de mis labios salieran palabras, quizá de amor, quizá de suspiros, quizá de todas esas cosas que están por decir, quizá solo bastaría un simple te quiero…

El tren se cansa, el tren no espera, el tren debe de partir, lo hará conmigo o sin mí, siento que cada segundo que pasa sin que yo me suba es una oportunidad perdida, siento que cada segundo que pasa está más lejos, y llegará el día en que ni siquiera lo pueda ver.

¡Mírate! ¡Grítate si te tienes que gritar! ¡O date un bofetón si es necesario! Despierta del sueño y vive la realidad, no cometas la estupidez de dejar pasar una oportunidad que te pondría una sonrisa eterna en los labios, la estupidez de no dar el paso que te lleve hasta el tren. 

Ya lo sé, corazón, no hace falta que me lo recuerdes una vez más.

Como las olas del mar

Miro hacia una ventana en la que aparece el mar en la lejanía saludándome, melancólica. No tardará en amanecer y ahora que el mundo empieza a despertarse me doy cuenta de que yo aún no me he dormido. Los pensamientos vuelan en mi cabeza y no me dejan transportarme hacia ese mundo en el que casi todo se olvida al que algunos llaman sueño, o pesadilla dependiendo de la ocasión.

Aún están en mi cabeza las palabras que resoplaron en tus labios, palabras de victoria, de sonrisas, risueñas, de cariño… Palabras que me decían que una vez más yo había caído en ese saco llamado desamor, el saco del que ya tantas veces había intentado salir, el saco en el que te empeñas siempre que yo esté en lo más hondo, allí junto a la basura más nauseabunda, junto a todo lo olvidado y que está por olvidar.

Una vez más mis pasos no han llegado a ningún sitio, da igual que pensara que iban en buen camino, que eran seguros, que tarde o temprano, de una manera u otra, llegaría a abrir ese corazoncito que ya empiezo a pintar de color negro. Una vez más alguien ha empezado a correr después que yo y ha llegado antes a la meta, una vez más alguien ha encontrado la llave que yo no sabía ni por dónde empezar a buscar. Una vez más tengo que mirar a alguien como se mira el infierno porque ha encontrado el tesoro más grande que podrá encontrar jamás.

Una vez más soy yo el infierno, el lugar al que nada ni nadie quiere ir.

Parece que de nada sirven las noches describiendo sentimientos, los roces con los que yo me estremecía, las sonrisas que parecían decir te quiero, los silencios en los que compartíamos miradas a las que yo les daba sentido, las palabras con las que intentaba decir te quiero en otro idioma, idioma que lamentablemente se ve que no entendías. Ya da igual porque parece que no toqué la tecla, esa que está escondida entre millones y que solo saben tocar ciertas personas, desde luego no soy una de ellas.

No. Tuvo que ser así, tuvo que venir alguien calzado con botas de cuatro anillas y que llegara a la meta con un par de pasos bien dados, casi tan rápidos que no puedes darte cuenta de cómo ha sucedido, casi tan rápidos que te da asco mirar cómo lo hace, como consigue ganar tan rápido una batalla que tú llevas tiempo luchando. Se ve que sus armas eran mejores que las mías o que simplemente el contrario ya se había cansado de luchar y él llegó en el momento justo.

Aunque ya dan igual las razones, ya dan igual los métodos, lo único que sé es que vuelvo a verlo todo desde el vacío, desde la oscuridad, esa de la que me cuesta tanto salir. Ya solo me queda mirar el amanecer y ese mar que tengo tan cerca, esas olas con las que comparto tantas cosas, porque ellas son como yo, cuando parece que ya tocan tierra vuelven hacia atrás, porque siempre hay otra que les gana, pasa por encima de ellas y consigue besar la tierra que tanto desea.

Recuerdos del olvido

Cierro los ojos, dejo mi mente en blanco durante un instante y es entonces cuando aparece ese recuerdo, el recuerdo de ese momento en el que me di cuenta de que, quizá, te haya perdido, de que quizá el cuento de hadas se haya acabado… antes siquiera de que haya empezado.

Quizá los silencios se hicieron demasiado eternos, quizá los corazones no supieron explotar, quizá la espera se ha hecho demasiado larga, agonizante, quizá todo hubiera tenido que ser de otra manera, quizá nos hubiéramos tenido que mirar a los ojos, habernos dicho te quiero y haber encendido la llama del todo, y ahora quizá sea demasiado tarde, ahora que solo quedan las brasas.

Quizá, quizá, quizá… Demasiados interrogantes para tan pocas respuestas, quizá hubiéramos tenido que apartar a un lado los quizás y pensar más con el corazón, tener ese impulso de borracho al que todo le da igual y lanzarnos hacia ese beso que hubiera hecho callar las vocecitas que tanto molestaban.

Y lo peor, lo fácil que es olvidar, sobretodo si hay una brecha en el camino, una brecha irreparable, eso que sabíamos que llegaría y no quisimos ver. Tiempo, espacio, dos vidas separadas, todo en contra y lo poco a favor no lo supimos aprovechar.

Cierro los ojos, dejo mi mente en blanco durante un instante y es entonces cuando aparece ese recuerdo pero también aparece todo aquello que hizo que un día se fuera encendiendo la llama poco a poco, las sonrisas, las miradas, los gestos, los te quieros silenciados, ese deseo tan fuerte de abrazarte y rozar mis labios contra los tuyos con la misma fuerza que un volcán para que nada pudiese separarnos jamás. Es entonces cuando pienso: quizá no haya fuego pero ahí quedan unas brasas y quizá con ellas se pueda reavivar la llama, quizá consiga que no se apague del todo, quizá el tiempo no hace el olvido.

Quizá ¿Por qué no? Mientras exista una posibilidad seguiré mirándote con el deseo de conquistarte, de quedarme abrazado a ti escuchando tu respiración y tus susurros, porque ya todo me da igual, si ya te he perdido no tengo nada que perder, seguiré estando ahí, atento a ti.

Porque por nada del mundo podría dejar de quererte.

Y eso, de momento, es lo que me sigue haciendo fuerte.

En un segundo…

Atrapa un segundo, cógelo, mantenlo fuerte entre tus manos. Ahora míralo, fíjate bien en él, aprecia lo valioso que es, para ello tienes que darte cuenta de que hay alguien en este mundo que muere si no pasa ese segundo contigo.

Un simple segundo, apenas un instante en la vida de alguien, ¿parece no tener importancia, verdad? ¿Parece que no importa perder un segundo, no? Pues a mí me importa, tiene toda la importancia del mundo porque en un segundo puede pasar toda una vida, un segundo lo cambia todo, en un segundo sucede todo.

Sobretodo si la persona a la que quieres está cerca.

Una mirada de deseo, un roce de cariño o de pasión, un te quiero al oído, una sonrisa con la que se lee el pensamiento…

Una explosión de palabras…

Un suave beso en los labios…

El inicio de lo más bonito que pueden hacer dos personas que se quieren…

En un segundo…

Por eso, es muy importante atrapar esos segundos, vivirlos, sentirlos, hacer en un segundo lo que querrías hacer toda la vida, vivir cada segundo como si fuera el último que pasas con la persona a la que le regalarías tu mundo.

Mantenlo fuerte entre tus manos… ¡Ay! Mira, ya se te ha escapado. Te dije que lo mantuvieses fuerte. ¿Te da igual? Bien, pero recuerda todo lo que hubieras podido hacer en ese segundo.

Recuerda que has perdido un segundo de tu vida, un segundo que ya no podrás recuperar, un segundo que ya no podrás vivir junto a esa persona que miras, deseas, sientes dentro de ti…