No hay que perderla

Me pierdo en vacíos que quisieron acabar conmigo antes de tiempo, en vías de tren cuyos raíles ya no chirrían por el paso del tiempo, caigo y caeré ante imperios que se levantaron cuando el Sol estaba en lo más alto.

Siento que a cada segundo que pasa el reloj da marcha atrás hacia un 0 que será inevitable, que llegará y hará explosión en todos mis sentidos, en todas mis verdades y en todas mis mentiras, aquellas que conté para salir del paso y que ahora me sobrepasan, que ahora me pierden, que ahora me restan.

Y grito,  y chillo, y solo se escucha el eco de mi voz pendiente de respuesta, de que alguien me escuche. Pero ya nadie escucha ecos, eso es de otros tiempos, ya nadie escucha ecos porque ya nadie camina tras los pasos, ya no queda nadie, nadie, nadie… el eco es aire vacío de palabras, de suspiros, de agitaciones provocadas por el miedo, que solo fueron un parche para una herida que no tenía remedio. Nunca lo tuvo.

Las balas provocarán las heridas, disparadas desde una bomba de metal fría y gris, una bomba que alimenta y daña a la vez. En este caso mató sin querer, quizás queriendo, ya no sé. Muerte que no llevó a otro mundo sino que se perderá entre vivos para que duela aún más. Y es que no hay peor muerte que vivir estando muerto.

¿Y ahora? Ahora solo silencio, a pesar de que sigo gritando. Ya solo silencio porque no sirvió de nada agitar las manos, ni los vientos, ni el murmullo, ni las voces.

Ya solo silencio porque entendí que vida solo hay una y no hay que perderla gritando que perdí todo aquello que tenía a mi lado.

No hay perderla gritando que perdí todo aquello que tenía.

No hay que perderla gritando que perdí todo.

No hay que perderla gritando que perdí.

No hay que perderla gritando.

No hay que perderla.

Vuelve

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo. Pensé que debías saber que echo de menos tus manías, por ejemplo esa que tenías de cerrar el armario cada vez que nos íbamos a dormir. Pensabas que de ahí dentro podía salir cualquier bestia inimaginable, arrancarnos las sábanas y comernos con patatas fritas. De ahí nunca salió ningún monstruo pero tú te tapabas hasta arriba y yo te miraba soñador, porque me encantaba sentirte a mi lado.

Echo de menos que te pusieras mis sudaderas aunque te vinieran tres tallas grandes, y que luego te tiraras junto a mí en el sofá y me dieras calor, poner una película de fondo y que ésta nos diera igual, porque entonces empezábamos a besarnos y reírnos con nuestros juegos. Acabábamos los dos, uno sobre el otro, escuchando el respirar del otro, hablando en voz baja, como si alguien nos pudiese escuchar. Lo hacíamos así porque a susurros, las notas son más sinceras y el eco aún más cierto, lo hacíamos así porque nos entendíamos casi con mirarnos.

O que te pusieras a cantar, también lo echo de menos. Que pusieses una canción en el equipo de música, cogieses el mando de la tele a modo de micrófono, y acompañases la canción con la peor de tus voces y el más arrítmico de los bailes. Luego, cuando de verdad te ponías sería, o nostálgica, te oía cantar a susurros, con timidez, y deseaba con todas mis fuerzas escucharte alto o, por lo menos, que me susurrases al oído.

Pensé que debías saberlo.

Que echo de menos verte sonreír.

Que echo de menos abrazarte por la espalda.

Que echo de menos decirte todo cuanto sueño.

Rozarte.

Besarte.

Follarte.

Y ya no sé si quieres, o puedes.

Si te sigo haciendo falta, como era antes.

O si ya no soy nada.

Porque estás ausente y te noto tan lejos que apenas alcanzo a verte, aun estando a dos centímetros de mí, aun notando tu respirar, aun queriéndote igual que lo he hecho siempre. Porque con el paso del tiempo fuiste dejando de ser tú para convertirte en otra persona. Y no te reconozco, y ya no eres tú, y ya ni siquiera soy yo.

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo.

Vuelve.

Soñar despierto

Te he visto bailar mil veces sin que me diese cuenta, con una sonrisa en los labios y mi mente en otra parte. Bailar, danzar o, simplemente, caminar, aunque me pareces tan risueña que confundo las tres cosas y llego a un punto en que no sé ni en qué estoy pensando. Luego camino y pienso en cada paso que doy, y parece que tropiezo y que no recuerdo que primero va un pie y luego el otro. Son tantas cosas…

Tú tan tú, y yo tan torpe, por eso congeniamos tan bien. El día que me enseñes ya no será lo mismo, así que mejor me quedo como estoy, yo cayéndome y tú ofreciéndome la mano cual película americana. Bueno, en esas películas es algo mejor, porque los dos caemos y chocan nuestras frentes y al mirarnos sentimos cosas y, tal vez, nos besamos. En verdad, prefiero la vida real, porque en ella directamente nos besamos y nos pasamos tres horas así y no nos importa aburrir al espectador.

Sí, nos da igual, si quiere divertirse que busque otra película en la que los protagonistas discuten todo el tiempo. Nosotros preferimos jugar a sostenernos la mirada durante un minuto entero a ver quién consigue aguantar sin reírse. Normalmente gano yo, porque pongo mi cara de zombie extraterrestre y tú a eso no puedes resistirte. Ríes a carcajadas y yo sonrío feliz al verte, luego te tiro encima de la cama y te quito la ropa salvajemente, porque es bueno mezclar amor y pasión, aunque no sepa definir con una palabra el resultado.

¿Y qué si no sé definirlo? Diría tantas cosas que te pasarías dos horas leyendo y no quiero que tires tu tiempo de esa manera, prefiero que te tires hacia mí y yo te coja en brazos, o que nos tiremos juntos en paracaídas y hagamos figuras con las nubes, o comérnoslas como si fuesen algodón de azúcar. Aterrizar luego en una selva llena de monstruos y dragones y reírnos del cruel destino, coger escudo y espada como si fuésemos caballeros de la edad media y enfrentarnos a ellos.

Sí, se me da bien soñar despierto. Porque he de admitir, muy a mi pesar, que las nubes no son de algodón de azúcar, ni los dragones y los monstruos existen, ni te he visto bailar mil veces, tal vez han sido solo doscientas y, lamentablemente, aún no me sale bien la cara de zombie extraterrestre.

Pero nos besamos, nos reímos y nos quitamos la ropa salvajemente. ¿Es que eso no es suficiente? Lo otro… lo otro ya habrá manera de inventarlo.

Extraño

A veces parece que el mundo gira demasiado rápido para mí.
Que me quedé atrás, ni siquiera sé dónde.
Que me perdí a mi mismo y, tal vez, no sepa encontrarme.
Que ya nada es lo mismo y, creo, no lo volverá a ser.

A veces parezco un extraño y pienso,
que este mundo no se creó para mí,
que mire a donde mire no encuentro un lugar donde apoyarme y descansar,
que las miradas juzgan otros mundos que nunca fueron míos,
y allí donde busco no encuentro a nadie conocido

Que me acoja y me salve,
que se pierda conmigo,
que no me considere un extraño,
solo que me extrañe, quizá…

A veces pienso en cambiar.
Solo a veces…
Y cierro los ojos.
Y digo no.
Que quiero seguir siendo yo mismo.
Que no me importa lo demás.

Tal vez suene egoísta,
querer ser uno mismo sin pensar en lo demás y en los demás.
Tal vez suene egoísta, sí,
porque se está perdiendo eso de cerrar los ojos y no ser uno más.

De los clones,
sin sustancia,
sin mirada, sin alma.
Sin, a secas.

Suene egoísta o no,
yo me perderé en mí mismo,
mi pasatiempo favorito,
y me sentiré como yo quiera y no como otros quieren que me sienta.

Seré yo en todo momento,
y seguiré mi camino, ese que me marqué.

Ese que nunca debí olvidar.

Eterno baile

Llueve.

Tan fuerte que apenas consigo escuchar mis pensamientos, tan lento que cada gota es un trueno y cada trueno es un disparo que se me mete adentro.

Miro por la ventana y noto a la Luna helada, necesita aliento, o alguien que la mire, yo mismo. Está enorme, y no hace más que transportarme a lugares a los que no quiero ir.

A mil kilómetros de aquí, tal vez algo menos, tú en algún rincón de entre tanta inmensidad.

Cruzo las piernas y meto la cabeza entre ellas, sentado en un rincón bajo esa ventana que parece que vaya a explotar. Alargo la mano, estiro los dedos, intento rozarte, me doy cuenta por enésima vez en lo que va de noche que no estás, no me hago a la idea.

Nunca me hago a la idea.

Vuelvo a la posición inicial, cierro los ojos, no me consuela.

Quisiera tenerte aquí, cerca de mí, tirada en la cama, que me contases hasta el más íntimo de tus secretos mientras yo te miro con media sonrisa en los labios.

Descubrir el más íntimo de tus secretos y recorrerlo con la punta de mis dedos, bajar mis labios a los tuyos y besarte como si nunca más te fuera a tener, como si en cualquier instante pudieses desaparecer y dejarme con la miel en los labios, nunca mejor dicho.

Sé perfectamente cómo me podría sentir, porque ahora no te tengo y lo entiendo, entiendo que si desaparecieses querría gritar entre la lluvia y romperlo todo, reventar mil cristales, tantos como polvos te he echado, tantos como polvos dejamos por echar. Más incluso.

Regreso a la cama para comprobar de nuevo que no estás. No será la última vez esta noche. Me tumbo en ella e imagino que me tumbo al lado tuyo, que tirados sobre ella nos miramos a los ojos y ellos hablan por nosotros, que hablan los silencios y nuestros cuerpos, que se rozan y mueven en un eterno baile escuchando una música demasiado antigua como para ser comprendida.

Nadie comprende el baile de dos amantes.

Nadie es capaz de comprender el lenguaje de los cuerpos.

Nadie. Solo dejarse llevar, simplemente.

Y nos dejamos llevar. Y gritas. Y grito. Y sudamos. Y el sudor nos moja tanto que llegamos a deslizarnos hasta allí donde nuestras voces no se oyen, allí donde solo hablan susurros y gemidos.

Y te tumbas. Y me tumbo. Nos miramos.

Alargo la mano, estiro los dedos, intento rozarte, mierda…

Me doy cuenta por enésima vez en lo que va de noche que no estás, no será la última, no me hago a la idea.

Intentaré dormir.

Quizá ahí sí te encuentre…