Cuando reía emitía el sonido más bonito del mundo.

Era cálido y agudo, silencioso a la vez, como un pájaro en mitad del bosque, viento y sonrisa, paz, vida y luz.

Cerraba los ojos y se tapaba la boca, como si en realidad no se atreviera a volar, y para mí se paraba el tiempo, se me hacía más lento. Reía a cámara lenta y yo me fijaba en todos sus detalles.

En sus arrugas, que contaban historias de guerra y soledad, de pobreza y tempestad.

En sus ojos hundidos, quizá agotados de llorar, quizá de mirar el mundo como nadie lo hacía jamás.

En su cuerpo escuálido, cansado de tanta pelea, de cuidar y vigilar, de temblar y batallar, de luchar por todos los que estan a su alrededor.

Reía en color sepia, pues cuando lo hacía volvía a ser pequeña, a tiempos de no pensar, de dejar la mente en blanco, de imaginar tantos futuros como estrellas se pueden contar. Reía en color sepia porque en ese color estaban muchos con los que hablaba del verbo amar.

Aquellos que ya se habían ido.

Reía y después suspiraba, miraba el vacío con nostalgia, y yo la imaginaba joven, rodeada de malvados, de aquellos que por soberbia los habían callado. Y era lágrima sin agua porque se había acostumbrado a no llorar.

Cuando reía emitía el sonido más bonito del mundo y ese silencio era el más dolorso.

Así que dormía para escapar. Y yo la imaginaba de niña, corriendo por un gran campo verde, con los cabellos dorados de princesa, con nadie que le pudiera hacer daño.

La imaginaba libre, como deben estar los pájaros, como debía estar ella.

Como sé que ahora estará.

 

 

 

La última vez

Escribo esto con la certeza de que voy a morir. Cada vez se escuchan los aviones más cerca, las bombas, los tiros, los gritos, el terror. Tengo la sensación de que en cualquier instante uno de ellos me apuntará con un arma y entonces no podré hacer más que esperar el final. Una hora, mañana o quizás en un par de días, no lo sé… Solo deseo que la locura de la espera no acabe antes conmigo.

Antes de que todo termine, quiero decirte por última vez lo que siento. Lo he hecho muchísimas veces y siento que no es suficiente, lo he hecho muchísimas veces pero nunca con esta sensación, la sensación de que ésta será la última vez que lo haga.

Te quiero. Te quiero como nunca he podido querer a nadie y creo que nadie en toda la Tierra ha podido querer a alguien como yo te quiero a ti. Recuerdo el día en que nos conocimos, aquella tímida sonrisa que parecía no querer darme dos besos cuando tu amiga nos presentó, tus ojos… nunca he visto un azul tan vivo en mi vida, se puede ver el mar en ellos, se puede sentir la libertad.  Recuerdo nuestro primer beso, la fina arena de la playa aún guardará recuerdos de ese momento, tan mágico, tan dulce, la Luna nos miraba con ternura mientras la vida empezaba a tomar sentido, los dos pensábamos que el amor no existía, en ese instante supimos que estábamos equivocados.

Me pregunto qué hago aquí, qué demonios hago luchando en una batalla que no es mía. Mi lugar está ahí, contigo, a tu lado, ofreciéndote mis besos, mis abrazos, momentos que parecen insignificantes pero que son eternos, es eterno cada momento a tu lado, se para el tiempo y ya no importa nada. Lo siento… Siento no poder estar sentado tranquilamente a tu lado contemplando las estrellas, siento esta carta de despedida, siento las lágrimas que se derramarán por mi culpa.

Pero recuerda que estaré siempre a tu lado, seré la estrella que contemples en las noches de insomnio, seré el viento que te acompañe en el camino, seré el calor que te dé abrigo, la voz que te aconseje en los malos momentos. Seré todo y nada a la vez.

Porque te quiero y no podré dejar de hacerlo y quiero que te quedes con eso, quiero que te des cuenta de que no habrá nunca algo tan grande como lo nuestro.

Pasan los segundos, pasan los minutos, las horas, la espera es agonizante, eterna. Está saliendo el Sol y no me quedan más lágrimas. Mientras el destino llega seguiré pensando en los momentos, en ti. Seguiré diciendo te quiero para que el viento te lleve el mensaje, seguiré diciendo te quiero hasta la muerte.

Pedro