Vivir el presente

Llevo toda mi vida sin vivir el presente.

No quiero decir que no haya sido feliz, que no haya vivido buenos momentos o que no haya aprovechado la vida, pero pienso que me he perdido una buena cantidad de cosas por andar pensado en el futuro y que me ha preocupado de más por cosas que han sucedido en el pasado.

Esto no va a ser exactamente un canto al “Carpe diem”, pero se le parece.


El futuro

Me he pasado mucho tiempo pensando en los pasos que debía alcanzar para lograr lo que me proponía, para lograr beneficios en un futuro que parecía que nunca llegaba. De la escuela al instituto, de éste a la universidad, de allí a unas oposiciones que me permitieran ser profesor. Paso tras paso durante años para conseguir algo que supuestamente me iba a permitir ser feliz, como si alcanzar ese reto me fuera a suponer el séptimo cielo.

He conseguido ser profesor pero, siendo sinceros, esto no es el séptimo cielo. Soy feliz, pero la vida sigue.

Y es que, si este era mi propósito vital, aquello por lo que llevo luchando toda mi vida, ¿qué pasa ahora? ¿Qué hay después? ¿Qué sucede tras conseguir el reto de mi vida? Nada, no ha habido un cambio radical y me queda mucho tiempo por delante. Me he dado cuenta de que no puedo basar toda mi vida en alcanzar metas, pues nunca me sentiré satisfecho, siempre habrá una nueva que alcanzar.

Otro ejemplo. Mi sueño era el de conseguir publicar una novela. Los pasos podrían asemejarse: años y años de escritura, mejorando para llegar al nivel de poder sacar una historia que mereciera la pena. Escribía pensando en la recompensa, más que disfrutando del proceso. Ahora lo he conseguido, he conseguido publicar, ¿es esto el séptimo cielo? No, tampoco, no soy el culmen de la felicidad, pues después de publicar viene el vender mucho, conseguir gustar a tus lectores, más eventos, más, más, más.

Mi felicidad se ha basado en el “siempre más”.

Soy muy contrario a lo Mr. Wonderful y “happy flower”, pero en este caso creo que tienen razón: la felicidad se basa en el presente.

Sí, puedo alcanzar metas, puedo lograr los objetivos que me proponga, pero si no disfruto del presente, si me preocupo en exceso por lo que me sucederá en el futuro, al final acabaré la vida y me daré cuenta de que no he sido feliz.

Por supuesto que en el futuro hay incertidumbre y aspectos que nos pueden llevar a la precoupación en el presente, pero si te paras un momento a pensarlo, las cosas que te pueden preocupar no se acaban nunca.

Y es que, cuando solucionas un problema, siempre aparece otro en el horizonte.

En el horizonte, repito. ¿Por qué no disfrutar todo ese espacio de tiempo existente entre problema y problema? ¿Por qué no dejar que nuestro futuro “yo” se ocupe de él?

No quiero decir que carguemos a nuestro futuro “yo” de todos nuestros problemas, quizá hay cosas que se pueden solucionar o suavizar desde el presente. Pero la mayoría de veces nos cargamos de preocupaciones que de ninguna manera tienen solución ahora.

El pasado

¿Qué sucedio aquella noche de diciembre de 2013? ¿O aquella mañana de 2007? ¿O ese verano de 2011?

Vivimos en un constante volver a hechos en que creemos que actuamos mal o la cagamos. Cruzan nuestra cabeza mil veces al día, nos tiemblan las piernas de pensar por qué hicimos esto o lo otro y nos entran escalofríos al recordar lo imbéciles que somos.

Pero por mucho que lo pienses, nada va a cambiar.

Y, probablemente, solo tú te acuerdes de los hechos, seguramente al día siguiente todas las personas que estuvieron implicadas vivían felizmente sus vidas.

Joden, lo sé porque cada día pienso en momentos en que la cagué, vuelvo e intento entender por qué lo hice mal, intento cambiar mi comportamiento y hacerlo de otra manera y todo sale espectacularmente bien. Lo hago en sueños, claro, porque no puede ser de otra manera.

Supongo que el problema viene por esta maldita sociedad que condena constantemente los errores y no nos hace ver que éstos sirven para aprender, para mejorar, para sacar mejores versiones de nosotros mismos. Y vuelve, siempre vuelve, aparece en tu cabeza como si fuese un mal horrible que haya cambiado el transcurso de la historia.

Pero ya te digo, los errores solo son piedras en el camino, no males que cambien el mundo a peor.

Es una mierda porque al final también nos impiden disfrutar del presente. Yo ahora mismo, como profesor, por ejemplo, hago muchas cosas mejores que las que hacía hace diez años, pero me empeño en centrarme en las cosas en que fallé en lugar de darme a mí mismo dos palmadas en la espalda y decirme “oye, lo estás bien”.

Nos acompaña más tiempo un error que una buena actuación.

Pero la vida sigue y esos errores se esfuman rápidamente.


Llevo tiempo intentando cambiar esto, intentar vivir más el presente y entender que la felicidad, el sentirse a gusto en la vida, llega en él, en el ahora.

Podré haber sido feliz en el pasado y podré serlo en el futuro, pero el único momento en que puedo disfrutarlo es en el presente.

No es fácil. Tengo que tatuármelo en la piel y recordármelo cada día. Sí, aquello de que el pasado no se puede cambiar y el futuro aún no ha llegado, por lo que es bastante inútil preocuparme por él.

Debo entender cada día que lo importante es centrarme en mí y en nada más, en lo que logre en este momento, en lo que me haga feliz en este preciso instante.

No podemos basar toda nuestra vida en hechos que nos aporten un futuro feliz, el día a día está lleno de pequeños momentos que nos pueden hacer felices si nos centramos en ellos, si los disfrutamos como merecen y los vivimos por completo. No hace falta que sea algo grande, a veces en los detalles está la vida.

Debo darme cuenta de que así el futuro puede ser incluso más bonito.

Y que solo así podré decir que he vivido una buena vida cuando todo esto acabe.

Siempre más

Siempre me he preguntado si es autoexigencia o inseguridad. Ya sabes, aquello de pensar que nunca es suficiente, de observar hasta el más mínimo error, de creer que aún puedes dar más, que si le das dos vueltas puedes ser mejor.

Siempre me he preguntado si esa manera de ponerse frente al espejo daña o te hace aún más fuerte, si saca a la luz la mierda o te muestra cuanto podrías crecer.

Nunca lo he sabido, creo que nunca lo sabré.

Nunca he sabido si soy un incoformista, si simplemente quiero más, si confío mucho en mí mismo y, por tanto, sé de lo que soy capaz, alcanzar cosas que nadie ha alcanzado jamás.

Es una mierda, nada podría describirlo mejor.

Que incluso con todos los elogios del mundo, solo veas los errores, aquello en que has fallado, aquello que podrías haber cambiado.

Nunca lo que has logrado, nunca las metas a las que has llegado. Siempre más, siempre más.

No es esta la felicidad que me prometieron cuando me propuse alcanzar mis sueños. Esa impresa en tazas de desayuno y velas aromáticas, esa que te inculcan de pequeño. Esa que habla de cruzar metas olvidándose del camino.

Nunca te hablan del vacío, del “ahora qué”, del después.

Quizá sea ese el problema. No estoy nunca satisfecho porque siempre pienso en lo que viene después, en la próxima meta, en el siguiente objetivo. Nunca estoy satisfecho porque, si siempre pienso en el próximo escalón, no me doy tiempo a mirar hacia atrás y darme cuenta de cuan alto estoy.

Quizá no es autoexigencia ni inseguridad. Quizá es el simple problema de no tomarse un respiro para abrir los ojos y mirar de cara la verdad.

Apología de la felicidad (I)

A veces la vida nos pone retos tan difíciles que nos creemos incapaces de asumirlos y afrontarlos. Puta vida esta que parece empeñarse en que no seamos felices, puta vida esta que se empeña en que vivamos por vivir sin disfrutar del camino, puta vida esta que antepone sobrevivir al vivir, la guerra al disfrute, la muerte a la propia vida.

La vida fue inventada para ser felices y, a veces, nos empeñamos en seguir caminos que no nos llevan a ello, en cargar con pesos demasiado pesados, que nos someten, que nos matan. Nos avisaron de que en esta vida teníamos que ser alguien, a veces, a cualquier precio, sin pensar que tras el camino acabaríamos moribundos, agotados de intentar ser quién no queríamos ser, sino quien debíamos ser.

No nos avisaron que el precio era muy alto. No nos avisaron de que el precio no se pagaba con dinero, sino con felicidad, que cuanto más intentáramos tener, menos felices íbamos a ser, que se apagarían las sonrisas. Tampoco nos dijeron que iba a ser tan difícil unir lo que a uno le produce felicidad y lo que a uno le da de comer a final de mes. Nos dijeron que lo importante era esto último, pero a qué precio… a qué precio…

Sigo pensando que prefiero ser feliz a vivir una vida amargado por lo que “debo ser”. Prefiero ser rico de otra manera, prefiero levantarme cada mañana con una sonrisa en la boca y un motivo por el que luchar. Llamadme loco, pero prefiero ser feliz a vivir amargado por algo que realmente no quiero hacer. Llamadme loco, pero lucharé hasta la muerte por conjugar placer y deber en una misma palabra.

Porque nadie debería tener que hacer aquello que, en realidad, no le apetece. Porque todos tenemos derecho a levantarnos cada mañana y no estar deseando que termine el día ya. Porque la vida en sí no es complicada, la vida en sí no es puta, pero los humanos nos empeñamos en hacerla así.

Reinventémonos.

Busquemos la felicidad.

Seamos felices sin pensar en nada más.

Ser

A veces nos empeñamos en no ser felices.

Es curioso, sí. Nos conformamos con nuestro estado emocional, con el estilo de vida que llevamos, con el camino que estamos recorriendo. Nos conformamos, a secas. O nos hacen conformarnos, realmente no lo sé. Aunque siempre somos nosotros quienes tenemos la última palabra. Aunque no lo parezca.

A veces nos empeñamos en no querer darnos cuenta de que tenemos la felicidad a la vuelta de la esquina y que lo único que tenemos que hacer es caminar hasta alcanzarla, que no tenemos por qué aceptar lo que tenemos, que llega un momento en el que el pensamiento de “no hay otro remedio” no nos puede valer.

Porque cada ser humano tiene un lugar en la vida en el que puede ser feliz, y ese lugar, esté cerca o esté lejos, es totalmente nuestro, es totalmente alcanzable. Solo hacen falta ganas de luchar y renunciar al miedo a perder. Y es que solo a través de fallos, solo a través de las veces que logremos levantarnos después de haber caído conseguiremos alcanzar lo que nos parece inalcanzable.

Porque lo más importante no es no tropezar, sino saber levantarse después de haber tropezado.

A veces nos empeñamos en asentir cuando queremos decir no, cuando simplemente debemos cerrar los ojos, respirar y tomar nuestras propias decisiones. Elegir el rumbo que creemos conveniente y dar algo más de protagonismo a lo que nos dice ese que late, callar las voces que vengan de otras partes. Porque la razón nos mantiene vivos, pero a un precio demasiado alto, nos ahoga y nos atrapa, nos encierra en una jaula demasiado estrecha como para poder liberarnos.

A veces creo que nos hemos perdido. Nos hemos perdido a nosotros mismos, aquello que queríamos llegar a ser, todos aquellos sueños que algún día quisimos alcanzar, todas aquellas batallas que quisimos librar.

Todo por querer tener una vida que se olvidó hace tiempo de que lo importante no es lo que tenemos, sino lo que somos.

Queda conjugar los verbos ser y tener en uno solo. Ser aquello que quieras ser, tener lo que eres sin que otros piensen que es una absurda tontería o que ya no estás para estas cosas.

Yo, mientras tanto, seguiré intentando ser feliz aunque me cueste la vida llegar a conseguirlo. Y cuando llegue… miraré los tiempos oscuros y me reiré a carcajadas.

Porque fueron un paso más para llegar a aquello que quise alcanzar.

Simplemente sonreír

Ya da igual… El miedo ya pasó… Ya no hay dudas, ya no hay temor. Y es que, ¿qué más queda por perder? Parece que nada. Ha pasado demasiado el tiempo, demasiado, las almas se han ido vaciando de ese fulgor que las unía al principio, de esa fantasía, de esa magia, de esa mística que parecía que no se iba acabar, que parecía que iba a unir las almas hasta el infinito, hacia el universo más lejano.

Se acabó la mierda que siempre me acompaña, el silenciar la voz que grita desde el interior pero que no quiero que salga, el andar haciendo el tonto juntando letras que no van a ninguna parte, el soñar despierto todo el tiempo lo que hubiera pasado si, lo que quiero que pase, lo que pasará, lo que no va a pasar, soñar… y no hacer de una jodida vez los sueños realidad. Y es que los sueños no se hacen realidad soñándolos.

Me canso, todos nos cansamos y no se llega a ninguna parte. Falta la chispa de la vida, el que me importe un rábano lo que se piense o se deje de pensar, lo que digan o el qué dirán, lo que vaya a provocar lo que haga. Dos días dura la vida y tengo que dejar de pensar en cosas sin importancia.

Diré te quiero a quién quiera y seré feliz haciéndolo, nada importará después, no importarán respuestas, vacíos, sonrisas o caricias.

Solo sentir que no he perdido el tiempo, solo así seré feliz. Simplemente sonreír.

El infinito ya vendrá después.