Mariposas

Diego se levantó del banco con la intención de no volver a mirar atrás. Las lágrimas empezaban a asomar en sus ojos y no quería que nadie le viera así. En su mente, dos nubarrones que amenazaban con romperle en dos. Quería desaparecer en aquel mismo instante, y es que no tenía muy claro si lo que acababa de hacer era lo que quería hacer.

Ella sí lo sabía. Su voz empezó a resonar por toda la calle, resonó la angustia, tristeza, odio y un eterno amor.

– ¿Así va a ser? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? No lo sientes… no sientes nada de lo que dices, no sé a quién pretendes engañar…

Mientras Sandra gritaba, a Diego empezaron a salirle las lágrimas de verdad, las que dolían por dentro, las que se sentían como aquel que siente mil puñaladas en su cuerpo. Se puso las manos en la cara, no quería que nadie le viera así, nada había salido como esperaba… Se quería marchar… pero sentía decenas de mariposas revoloteando en su estómago solo por escuchar su voz. Ella tenía razón, ¿acaso eso no se llamaba amor?

-Ni siquiera tienes valor para mirarme a la cara, a los ojos, no tienes valor para verme llorar. ¡Mírame a la cara y dime que no me quieres! ¡Mírame a la cara y dime que no lo sientes! ¡Mírame a los ojos y dime que no sería maravilloso estar toda la vida acariciándonos!

Diego miró al cielo esperando que algún Dios le dijera qué hacer, sólo encontró una oscuridad poblada de estrellas, no parecía haber existido una noche tan perfecta jamás. Aunque podría serlo más aún… Se giró hacia ella, con nada más que lágrimas en sus mejillas, e hizo el intento de hablarle.

No podía. No sabía qué decirle, ¿decirle te quiero? ¿decirle te odio? ¿decirle que era imposible? ¿o decirle que la vida fuera un secreto? En ese momento, más que nunca, se dio cuenta de lo injusto que era todo.

– ¿Qué quieres que haga? -dijo él-. ¡Joder!

-Solo te pido que seas tú, que quieras a quién de verdad quieres y no a quién deberías querer. Solo te pido que hagas caso al corazón en vez de a la razón.

-No me hagas esto, por favor. Esto no está bien. No puedo, no debo, sabes que te quiero, sabes que no hay un minuto del día en que no piense en ti, sabes que me sale la sonrisa cuando te miro, que me siento feliz cuando estás cerca de mí. Sabes que cada vez que os veo juntos no puedo soportarlo, que un abrazo vuestro me apuñala el pecho, que un solo beso corta mi corazón en pedacitos. Sabes que daría la vida por ti, que daría lo que fuera por respirar tu aliento por las noches. Pero, ¿qué puedo hacer?

-Solo esto.

Sandra se acercó y le dio un beso, lento y apasionado a la vez, dulce, la vida era ese beso, la eternidad. Los dos sintieron que no había nada más, el resto no importaba, los problemas se esfumaban, los dos sabían que era un error, los dos querían cometerlo. Uno, dos, tres… los segundos pasaban y sentían que el beso podría durar toda la vida. Se separaron y se miraron a los ojos, las mariposas volaron más que nunca.

En ese momento, a Diego solo le venía a la cabeza el nombre de Manuel, cómo le diría a su mejor amigo que estaba perdidamente enamorado de su novia.

Dudas del corazón

 

Esta tarde te he mirado como tantas otras tardes y te he visto mirar al vacío, a la nada, sé que has estado todo el tiempo callada y parecías como apenada, triste, como si algo te faltara.

Entonces me vienen a la cabeza varias preguntas:

¿Qué están mirando esos ojos marrones que parecen no ver nada?

¿Qué pensamientos recorren tu mente en los momentos de silencio, en esos instantes en que no sabes si estás aquí o allá?

¿Qué quieren decir tus labios cuando son frenados por la razón?

Y sobretodo…

¿A veces me miras con media sonrisa en el rostro, o son imágenes creadas por mi cabeza por el deseo que tengo de que se produzcan?

¿A veces te veo mirándome y bajas la cabeza porque sabes que nuestras miradas se han cruzado?

Ojala pudieras contestarme a estas preguntas, porque necesito saber si lo que están mirando tus ojos es una imagen de tu y yo, saber si esos pensamientos que recorren tu mente tienen que ver conmigo, saber si tus labios quieren decir “te quiero” cuando son frenados por la razón, si las dos últimas preguntas tienen como respuesta “sí”.

Ojala todo fuera más fácil entre tu y yo, ojala algún día puedas contestarme estas preguntas. Ese día, al fin, podría saber si abrazarte aún más fuerte o alejarme para siempre de ti, ese día podría despejar las dudas que tiene mi corazón.

Aquí estaré esperándote

Ahora que estoy sólo, ahora que estoy apunto de perderme entre la fantasía de mis sueños, ahora que todo está en silencio y puedo escuchar hasta mis propios pensamientos, pienso en ti.

No pasan por mi mente los recuerdos tristes ni las discusiones que hemos tenido por cosas que minutos después ya no importaban, discusiones que terminaban con un dulce beso en los labios y alguna lágrima en nuestra mejilla.

Sé que tardaré en verte, que mi piel ya no se erizará cuando tú estás cerca, que nuestras miradas tardarán meses en conectar como si tuviésemos la misma mente, los mismos pensamientos, los mismos sueños, ilusiones.

Miro a través de la ventana, la noche está rasa y estrellada y me consuela pensar que el mismo espectáculo celeste que estoy viendo yo también lo estás viendo tú, que esta luna que se presenta redonda, grande y blanca la puedes estar mirando tú en este mismo instante, y pienso…

¿Cuándo volverás?

¿Cuándo podré abrazarte como si no hubiera nada más en este mundo?

¿Cuándo podré darte un beso en esos pequeños labios que me hacen enloquecer?

Aquí estaré esperándote, aquí, en mi ventana, a la tenue luz de la luna.

Amor prohibido: Nerea

Palomitas, cola y una sesión de cine era la costumbre que habíamos tomado desde hacía un par de años mi amigo y yo, 50259_Amor_prohibidoa los dos nos gustaban el mismo tipo de películas así que cuando llegábamos al cine ninguno de los dos dudaba en que sala entrar.

Durante ese par de años, la sesión habitual de cine de los domingos se convirtió en algo esperado ya que nos olvidábamos por unos momentos de los problemas y nos dedicábamos simplemente a reír y a pasárnoslo bien pero a partir de aquella tarde todo fue diferente. Sigue leyendo

Verano del 73

Cuando mis padres me dijeron aquel verano del 73 que nos íbamos de vacaciones a un pequeñito pueblo de poco más de mil habitantes, el estado de exaltación que yo tenía desde que había terminado el curso en el colegio se vino abajo. Tenía yo 14 años y mis deseos iban mucho más allá de un sitio casi despoblado, apenas sin niños con los que jugar y habitando una casa prácticamente en ruinas. Hasta el día en que me dieron la noticia, mi mente se había trasladado a lugares como la selva amazónica, el frío insufrible de Siberia o los altos rascacielos de Nueva York que tantas veces había visto en las películas. Sigue leyendo