¿Recuerdas cuando volamos por última vez?

Lo hicimos tan bajo que casi chocamos con las heridas hechas por el paso del tiempo. Las rozamos, algunas tan cerca que se hicieron más grandes, como esas cicatrices que, por más alcohol que le eches, no curan.

Creamos hielo en los silencios, tan helado que hubiese sido imposible romperlo. Abrimos las alas sin ganas y yo cerré los ojos porque me dolía ver abismos allí donde había habido gigantes, porque me mataba ver oscuridad allí donde siempre había habido luz:

en tu piel, en tus gestos, en tus labios, pero sobretodo en tus ojos.

Joder, cerraba los ojos para no mirar los tuyos.

Para no hacer frente a la verdad, para poder soportar el vacío, para aguantar la indiferencia.

¿Recuerdas cuando sentimos por última vez?

Aterrizamos sin decirnos nada y, en verdad, sin sentir nada. Supimos al instante que todo había terminado y ni siquiera lo lamentamos.

Y a pesar de ello, a pesar de no haber caído en pleno vuelo, a pesar de esperarlo y saberlo, el golpe fue tan duro como saltar sin paracaídas.

Como saltar, volar sin ti.

Y ahora camino, ni siquiera me acuerdo de volar, de cómo se despliegan las alas si no te veo hacerlo.

Sigo con los ojos cerrados desde entonces, sigo sin poder abrirlos mientras aprendo de nuevo.

A eso de volar con cicatrices.

A eso de volar incluso con heridas abiertas.

A pesar de ti

Me miras, te acercas, te vas.

Me miras, te acercas, te vas.

Me miras, te acercas, te vas.

Silencio.

Ya no te reconozco, ya no sé quién eres, ya no eres tú quién me responde tras las palabras, de tanto en tanto, de cuando en cuando.

Te llevaste todo de él, todo lo que me hacía feliz, los te quieros y los abrazos, los te odio pero sin embargo, los sinsentidos que ríen y los miedos que protegen.

Ya no queda nada de ti.

Te deslizas como un fantasma, una sombra oscura que carece de alma y a la que le faltan motivos para quererme y le sobran ganas de marcharse. Huyes de mí sin que te importe lo que piense, ni dejarme sentada en el sofá con una lágrima anhelante por salir y un grito que simplemente se queda ahogado en la garganta.

Grita porque ya no es como antes.

Grita porque nunca volverá a ser como antes.

Y duele, y quema, y rompe cada jodida grieta que se ha ido abriendo con el paso del tiempo, con cada silencio, con cada risa fingida, con cada momento en el que me hacías creer que te hacía feliz, con cada instante en el que nos mirábamos a los ojos y creía que seríamos eternos.

Y no lo éramos.

Ya no sé ni lo que somos. Creo que dos seres que, simplemente, se soportan, a ratos, aunque sea, o yo que sé… No puedo más… Hemos pasado de ser todo a ser nada, de la vida a la muerte, del amor a la indiferencia, peor que el odio. Caigo rendida, triste, y el llanto aparece pero no calma, sino que arde en el pecho como una llama que nunca debió encenderse.

Ya solo me queda mirarte e intentar acordarme de cómo eras para poder soportarte. Acordarme de las razones por las que te quise, y te quiero… Porque, a pesar de todo, te quiero y creo que las mariposas nunca se irán de un estómago que ya se parece más a un vertedero que a un sitio en el que puedan volar.

Te quiero a pesar de tus silencios.

A pesar de tus olvidos y destrozos.

A pesar de tu ignorancia.

A pesar de tus medias verdades y duras mentiras.

Pero sobretodo, por encima de todo, te quiero.

Te quiero a pesar de ti.

Recuérdame

Cierra los ojos, piensa en aquellos instantes e imagina, haz realidad, que ahora mismo están pasando.

Cuando hables de nosotros, cuando cuentes nuestra historia, di que fuimos los mejores amantes que pisamos esta ciudad, que las farolas nos miraban al pisar la calle porque nos parábamos en cada una de ellas y nos abrazábamos cerrando los ojos, mirando al infinito, luego nos dábamos pequeños mordiscos que invitaban a lo prohibido y a la magia, ambas cosas unidas.

En realidad, la vida debería ser siempre así.

Cuando te pregunten y me vuelvas  a recordar, piensa en los paseos nocturnos por la playa, o en aquellas tardes tirados en el césped, piensa en cuando subíamos a la azotea de mi edificio y contemplábamos las luces de una ciudad que nos hablaba de buenos tiempos, ahora nostálgicos, nos contaba historias de cada uno de sus rincones, y en cada historia había un beso y una mirada, mil pensamientos que compartíamos sin abrir la boca y que ahora flotan en el aire entre muros de piedra y cartón.

O eso espero, porque solo me quedan de ti las historias que recuerdo.

Cuando estés sola, cierres los ojos y pienses en nosotros, llora si tienes que llorar, pero que tus lágrimas hablen de todas esas veces que reímos tan fuerte que estábamos sordos de risa, que gritamos tan alto que teníamos que correr por las calles, cogidos de la mano huyendo de los problemas que, pensábamos, dejábamos atrás.

Pero no.

Nos perseguían.

Acechaban.

Por todas partes.

Mil demonios que querían arrastrarnos hasta el último rincón del mismísimo infierno, que intentaban llenar de oscuridad cada halo de luz que penetraba en nuestras vidas.

Malditas y nostálgicas vidas.

¿Qué? ¿Qué dices? Cierto, tienes razón, me he dejado llevar por un momento hacia todo eso que debimos destruir.

Porque, cuando escribas nuestra historia, cuando narres todo lo que sucedió, solo te pido que no sientas lástima por lo que dejamos de vivir, por lo que nos pasó. Y es que a veces la memoria es traicionera y olvida lo bueno y recuerda lo malo. Solo te pido que nos recuerdes como lo que fuimos, felices. Porque fueron demasiados los momentos felices como para que ahora nos empeñemos en olvidarlos.

Recuérdame feliz.

Porque lo fui.

A tu lado.

Recuérdame contigo.

Recuerda lo que fuimos.

Demasiado.

Perderse

Nos perdimos,

en aquel frío helado que recorría nuestros cuerpos,

y nuestras mentes,

en realidad todo aquello que hacía que pudiera funcionar,

y ya no lo hacía,

ya no éramos dos mitades que funcionaban como una,

sino dos mentiras que hacían de nosotros nadie,

ya no sé si queríamos querernos,

creo que más bien helarnos,

congelarnos,

alejarnos hasta dejar de sentirnos,

hasta dejar de sentir,

a pesar de casi rozarnos.

Nos perdimos,

olvidando todo aquello que encontramos,

que nos encontrábamos,

sin querer y queriendo,

porque nos queríamos queriendo y sin querer,

hicimos del fuego nuestra vida,

de la pasión nuestro arte.

Escribimos las canciones y los versos más tristes,

siempre hablando de los demás,

siempre creyendo que no nos iba a tocar,

y ahora hablan de nosotros,

y ahora nos cantan,

y ahora nos riman,

y ahora nos golpean las verdades a la cara.

Maldita sea,

maldita sea el tiempo,

o la distancia,

o el silencio.

Maldita sea todo lo que un día nos heló y nos dejó congelados,

maldita sea la puta vida esta que ya no nos habla de amor,

ni de nosotros,

solo del vacío.

Esa nada…

Los tres puntos suspensivos más largos de la historia,

porque nunca completaremos esa frase que nos quedó por escribir,

una frase o tal vez un libro entero,

ese que debía contar nuestra historia.

Esa que se quedó a medias pero tiene punto final.

Invierno

Quiero un invierno contigo.

Quiero eso de manta y de sofá, de perdernos en caricias que acercan suspiros y matan el frío, quizás una taza de café ardiendo entre nuestros dedos, cerrar los ojos y dejar que entre por nuestra garganta y sentir el calor del amargo negro.

Quiero eso, un invierno contigo.

Quiero escuchar llover, o ver nevar, no importa, me da igual. Y que tal vez nos pille por sorpresa fuera de casa y volvamos empapados, que encendamos rápido un fuego y nos sentemos ante él a observarlo, en silencio, que crepite al compás de los latidos y nos perdamos en ellos, entre besos y abrazos, entre miradas y mordiscos que dicen todo.

Quiero que al llegar la medianoche lleguen las tormentas que afloran deseos y se llevan las penas, y que luego nos tapemos con mil mantas hasta quedarnos dormidos o hasta que el amor nos deje agotados, despertarnos en mitad de la noche y sentir el frío y el calor al mismo tiempo, retorcernos y estirarnos al mismo tiempo, acurrucarnos para que no vuelva a pasar.

Quiero un invierno contigo.

De esos de manta y sofá.

De chocolate caliente para desayunar.

De lluvia y nieve, de frío que pierde los sentidos.

De ti.

Quiero un invierno contigo e iré a buscarte hasta el fin del mundo, porque un invierno es frío y frío hace en cualquier parte, pero en cualquier parte no estás tú y si no estás tú no puede ser invierno.

Y me da igual el invierno si no es contigo.

Y en realidad, me da igual todo si no es contigo.

Vuelve

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo. Pensé que debías saber que echo de menos tus manías, por ejemplo esa que tenías de cerrar el armario cada vez que nos íbamos a dormir. Pensabas que de ahí dentro podía salir cualquier bestia inimaginable, arrancarnos las sábanas y comernos con patatas fritas. De ahí nunca salió ningún monstruo pero tú te tapabas hasta arriba y yo te miraba soñador, porque me encantaba sentirte a mi lado.

Echo de menos que te pusieras mis sudaderas aunque te vinieran tres tallas grandes, y que luego te tiraras junto a mí en el sofá y me dieras calor, poner una película de fondo y que ésta nos diera igual, porque entonces empezábamos a besarnos y reírnos con nuestros juegos. Acabábamos los dos, uno sobre el otro, escuchando el respirar del otro, hablando en voz baja, como si alguien nos pudiese escuchar. Lo hacíamos así porque a susurros, las notas son más sinceras y el eco aún más cierto, lo hacíamos así porque nos entendíamos casi con mirarnos.

O que te pusieras a cantar, también lo echo de menos. Que pusieses una canción en el equipo de música, cogieses el mando de la tele a modo de micrófono, y acompañases la canción con la peor de tus voces y el más arrítmico de los bailes. Luego, cuando de verdad te ponías sería, o nostálgica, te oía cantar a susurros, con timidez, y deseaba con todas mis fuerzas escucharte alto o, por lo menos, que me susurrases al oído.

Pensé que debías saberlo.

Que echo de menos verte sonreír.

Que echo de menos abrazarte por la espalda.

Que echo de menos decirte todo cuanto sueño.

Rozarte.

Besarte.

Follarte.

Y ya no sé si quieres, o puedes.

Si te sigo haciendo falta, como era antes.

O si ya no soy nada.

Porque estás ausente y te noto tan lejos que apenas alcanzo a verte, aun estando a dos centímetros de mí, aun notando tu respirar, aun queriéndote igual que lo he hecho siempre. Porque con el paso del tiempo fuiste dejando de ser tú para convertirte en otra persona. Y no te reconozco, y ya no eres tú, y ya ni siquiera soy yo.

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo.

Vuelve.

Al infinito

Perdernos,

en instantes tuyos y míos,

en momentos clavados en el tiempo,

como miradas que se ven por primera vez,

y que siempre sea la primera vez.

Porque solo así llegamos al infinito sin rasguños ni heridas olvidadas u olvidables.

Imaginarnos,

volando tan alto que la Luna nos tiene envidia,

porque quiere alcanzarnos y no puede,

porque quiere sentir tanto y no puede.

Nos alejamos para sentirnos cerca aún estando muy lejos.

Nos imaginamos para convertir realidades que no existen en un futuros alcanzables, aún siendo inalcanzables, aún siendo irrealizables.

Bailarnos,

si es que existe ese verbo,

si no, ya lo invento yo.

Para danzar alrededor del otro,

y mirarlo con deseo,

respirarlo,

sentir su esencia,

chocar pieles en combates eternos, de horas, de días, de noches, de solo caricias y tempestades.

Porque solo así entiendo la danza.

O el sexo, como lo quieras llamar. Al fin y al cabo es lo mismo.

Relajarnos,

y tal vez respirar,

volver al principio,

en vez de perdernos, buscarnos

y encontrarnos.

Porque de nada sirve todo lo demás si estamos a años luz, demasiado lejos como para que la Luna nos pueda tener envidia.

Ni siquiera se da cuenta de que existimos.