Productividad en tiempos de encierro

“¿Qué estás haciendo estos días?”

¿Cuántas veces os han hecho esta pregunta durante estas últimas semanas? Supongo que se hace sin ninguna mala intención, simplemente con el ánimo de interesarse por ti, saber que estás bien. Pero, creo que, intrínsecamente, siempre lleva consigo la connotación “¿Estás aprovechando estos días?”.

Nunca he sido una persona que me haya exigido mucho a mí mismo. Recuerdo pasar sin pena ni gloria por el instituto y lo único que me importaba era aprobar, daba igual con un diez que con un cinco. Luego llegué a la universidad y las notas mejoraron enormemente, pero más que por exigencia, porque me apasionaba lo que hacía y porque me picaba con mis compis. Siempre pique positivo.

Pero no sé que me pasa últimamente. Paso los días intentando hacer cosas que me aporten algo, que den valor a mi vida y sumen, me obligo a mí mismo a estar constantemente activo y me entra un sentimiento enorme de culpabilidad si no lo hago.

La palabra clave siempre es PRODUCTIVIDAD.

Tener que ser siempre productivo, estar creando de manera continua, que tu tiempo no se pierda en algo banal que no te dé una renta  en el futuro. ¿Qué haces viendo una serie? ¿Eso qué te va a aportar? ¿Por qué juegas a ese dichoso juego de ordenador cuando podrías estar escribiendo la gran novela europea del siglo XXI?

Sí, a mí lo que más me come la cabeza es el hecho de escribir.

Nunca creí que el hecho de publicar me iba a suponer tal aumento de presión. Autoimpuesta, por supuesto, nadie me obliga a estar escribiendo todo el tiempo, o a pensar en mi próxima novela, tampoco a publicar todos los años. Es algo que me digo a mí mismo todo el tiempo, pero no funciona. Tengo que escribir, tengo que conseguir acabar ese dichoso manuscrito antes de esa fecha, enviar ese relato a ese concurso y pensar nuevas ideas para no quedarme nunca vacío. Tengo que contentar a mis lectores porque es lo que se espera de mí, porque cuando estás presentando una novela ya te están preguntando que para cuándo lo siguiente, porque debes dejar un legado.

No, no, no. Nadie espera nada de ti, al menos no con el ansia con la que tú te crees. No es necesario escribir ni publicar siempre. Hay gente que no lo hará en su vida y tú pretendes hacerlo de manera constante. Te exiges tanto a ti mismo que incluso hay momentos en que odias esto. ¿Cómo puedes haber llegado al punto de odiar aquello que tanto te gusta?

Es una mierda, simple  y llanamente.

Lo peor de todo esto es que mucha de esta presión viene por querer compararme. Sí, con esa persona que con cinco años menos tú ya ha publicado quinientas veces, con esa otra que cada día se saca tres mil palabras de la chistera o con esa otra que aumenta sus seguidores en redes por cientos.

Lo que me tengo que repetir cada día es que cada persona tiene sus circunstancias, que cada uno hace lo que puede.

Este confinamiento ha acrecentado esa presion de hacer de todo todo el tiempo. Ya no es solo escribir, me sabe mal tumbarme un rato a ver una peli y no estar leyendo o coger la cámara y practicar echando fotos, o la guitarra para intentar tocar esa canción que lleva atascada desde hace tiempo, o aprender a dibujar, o hacer más ejercicio aún si cabe, estudiar algo.

Pero tengo que permitirme poder aburrirme. No solo se es productivo haciendo cosas, también es lo es descansar y aburrirse, porque también esto nos hace crecer y dar rienda suelta a la creatividad, nos prepara el cuerpo y la mente para cuando estemos más activos.

Aburrirse es la mejor manera de crear.

Me tengo que permitir incluso estar mal. Que haya días en que no tenga ganas de nada ni de nadie, que solo quiera encerrarme en mi mierda y que todo pase, que empiece el siguiente, que acabe. Me tengo que permitir estar triste porque es imposible sentirse bien u optimista todo el tiempo. Hay días que sí y hay días que no, como dice la canción. Lo importante es que miremos el conjunto y nos sintamos bien con la imagen que vemos de nosotros mismos.

Me lo tendré que grabar a fuego, hacer callar a esa vocecita que me dice todo el tiempo que levante el culo y me mueva, que estoy perdiendo el tiempo, que mientras yo descanso hay otro que lo está haciendo mejor que yo. Tendré que decirle que quiero no hacer nada, que quiero estar tirado mil horas en el sofá sin preocuparme, que también es sano.

Y es que no hacerlo, permitir que esa vocecita siga hablando, me llevaría a aborrecer aquello que siempre he amado.

 

Anoche el pasado me visitó en sueños.

Lo hizo con su mejor cara, aquella que recordaba, lo hizo feliz, como si nada hubiera pasado y no quisiera lanzarme al barro, ese donde se encuentran todas aquellas cosas en que fallé.

Anoche el pasado me visitó en sueños.

El pasado con mirada y con recuerdos, el pasado con rostro y caminar, con iniciales y nombre completo.

Anoche me visitaste en sueños.

Lo hiciste radiante y temí perder la cabeza. Creía haberte olvidado, creí haber olvidado tu rostro y todo el tiempo vivido, tu calor y tus dedos en mi espalda, recorriéndola después de haber visto el cielo.

Jamás entendí que aquello que duele no se olvide.

Y en este caso, peor, porque quien dolí fui yo.

Te dolí y ahora te presentas por las noches, te dolí y te has convertido en fantasma, de esos que acechan y destruyen, de los que no disparan balas sino recuerdos.

Te dolí tanto que me duele a mí, te dolí tanto que tengo heridas de mis propias puñaladas, de tus saltos al vacío.

Te dolí tanto que aún me quedan restos de tristeza entre los dedos.

La tuya.

Y ahora que has vuelto, creo que lo que más me ha dolido ha sido verte reír.

Hubiera querido que me zarandearas, recibir un bofetón y me escupieras en la cara, descubrir tu piel y ver en ella tus cicatrices, las que yo mismo provoqué, que cada una de ellas me golpease e hiciera perder el sentido.

Quise que me dolieras como te había dolido yo a ti.

Y, en cambio, sonreías.

Por qué sonreías, joder.

Supongo que porque ves inútil sentir dolor por alguien, porque ser feliz es la mejor de las venganzas, porque eres incapaz de hacer daño a nadie, por muchos golpes que hayas recibido.

Supongo que porque, simplemente, eres buena persona.

Y eso es algo que yo jamás valoré.

Hoy he estado pensando en todas aquellas cosas que jamás sabremos de las personas que amamos.

Amamos del verbo amar en pasado, como son tantas personas que pasan por nuestra vida.

Aquellas que se marcharon o decidimos que se marcharan, las que quisimos en su día y ahora a veces ni recordamos, las que nos rompieron el corazón o rompimos nosotros tal vez de tanto usarlo.

Me he dado cuenta de que jamás sabré si a esa persona le irá bien en ese proyecto que quería emprender o si conseguirá hacer el viaje de su vida, si se comprará un coche o escribirá aquella novela que tenía en mente, si logrará ver a su grupo favorito, si tendrá hijos.

Si habrá amado de nuevo.

Si será feliz.

Jamás volveré a saber si eres feliz.

Y me jode, porque era lo que más feliz me hacía a mí.

Jamás sabré nada más de ti. Yo, que llegué a saberlo todo, tus risas y tus taras, tus miedos y deseos, tus cielos, tus infiernos.

Nosotros, que lo fuimos todo y ahora solo hay nada.

Jamás volveré a saber.

He pensado incluso que te marcharás de este mundo sin que volvamos a hablar, que dejarás este mundo sin que yo siquiera me entere, o lo haré yo antes y para ti será un día más.

Constantemente se marchan personas de nuestra vida que nos han dejado huella, nos despedimos de ellas sin ser conscientes de que esa despedida es para siempre.

Joder, “para siempre”, creo que es el término peor utilizado del mundo.

Porque decimos “para siempre” muy fácilmente, como si creyésemos que no es verdad.

Pero, en realidad, demasiadas cosas lo son.

Camino por abismos, de esos infinitos que no sabes de dónde han salido, que han surgido de repente.

Camino por piedras rugosas, de esas invisibles que no ves hasta que duelen, hasta que ya has tropezado y ves el suelo de cerca.

No hay más precipicios.

Cierro los ojos y los veo, están tan cerca que siento el vacío en el cuerpo y en la sangre, lo respiro y me quema.

Eres vacío y aún no sé cómo de grande.

Eres abismo y precipicio, y aún no sé a qué altura estoy.

Si supieras cuánto me doliste, si supieras cuánto me llevaste…. Si lo supiera yo mismo con exactitud, quizá lo entendería.

La ilusión y la esperanza, lo que no fue y quizá no volverá, los años de una vida que ya no será.

Joder, no pienses en lo que no será.

Tengo vértigo. Trago saliva y soy incapaz de abrir los ojos para ver qué me espera más allá. Me aferro a todo aquello que creo que me da fuerzas y hasta eso me empuja a dar ese paso que no quiero dar.

Al abismo.

Al pasado.

A la muerte.

A ti.

Que me esperas al otro lado, que me aguardas como un monstruo rugiendo por mi cuerpo, mostrando sus dientes, salivando, preparando sus garras para cuando llegue el momento.

En realidad, debería huir hacia adelante.

Al final, quizá, es el único camino. No hay nada detrás de mí o en los costados, solo ahí, delante, en ese vacío.

Y es que, a veces, la única salida es enfrentarnos a ese monstruo. Por más que nos duela, por más que temamos a la muerte.

Y es que, al fin y al cabo, la muerte es solo el inicio de otra vida.

Siempre más

Siempre me he preguntado si es autoexigencia o inseguridad. Ya sabes, aquello de pensar que nunca es suficiente, de observar hasta el más mínimo error, de creer que aún puedes dar más, que si le das dos vueltas puedes ser mejor.

Siempre me he preguntado si esa manera de ponerse frente al espejo daña o te hace aún más fuerte, si saca a la luz la mierda o te muestra cuanto podrías crecer.

Nunca lo he sabido, creo que nunca lo sabré.

Nunca he sabido si soy un incoformista, si simplemente quiero más, si confío mucho en mí mismo y, por tanto, sé de lo que soy capaz, alcanzar cosas que nadie ha alcanzado jamás.

Es una mierda, nada podría describirlo mejor.

Que incluso con todos los elogios del mundo, solo veas los errores, aquello en que has fallado, aquello que podrías haber cambiado.

Nunca lo que has logrado, nunca las metas a las que has llegado. Siempre más, siempre más.

No es esta la felicidad que me prometieron cuando me propuse alcanzar mis sueños. Esa impresa en tazas de desayuno y velas aromáticas, esa que te inculcan de pequeño. Esa que habla de cruzar metas olvidándose del camino.

Nunca te hablan del vacío, del “ahora qué”, del después.

Quizá sea ese el problema. No estoy nunca satisfecho porque siempre pienso en lo que viene después, en la próxima meta, en el siguiente objetivo. Nunca estoy satisfecho porque, si siempre pienso en el próximo escalón, no me doy tiempo a mirar hacia atrás y darme cuenta de cuan alto estoy.

Quizá no es autoexigencia ni inseguridad. Quizá es el simple problema de no tomarse un respiro para abrir los ojos y mirar de cara la verdad.