Cuando reía emitía el sonido más bonito del mundo.

Era cálido y agudo, silencioso a la vez, como un pájaro en mitad del bosque, viento y sonrisa, paz, vida y luz.

Cerraba los ojos y se tapaba la boca, como si en realidad no se atreviera a volar, y para mí se paraba el tiempo, se me hacía más lento. Reía a cámara lenta y yo me fijaba en todos sus detalles.

En sus arrugas, que contaban historias de guerra y soledad, de pobreza y tempestad.

En sus ojos hundidos, quizá agotados de llorar, quizá de mirar el mundo como nadie lo hacía jamás.

En su cuerpo escuálido, cansado de tanta pelea, de cuidar y vigilar, de temblar y batallar, de luchar por todos los que estan a su alrededor.

Reía en color sepia, pues cuando lo hacía volvía a ser pequeña, a tiempos de no pensar, de dejar la mente en blanco, de imaginar tantos futuros como estrellas se pueden contar. Reía en color sepia porque en ese color estaban muchos con los que hablaba del verbo amar.

Aquellos que ya se habían ido.

Reía y después suspiraba, miraba el vacío con nostalgia, y yo la imaginaba joven, rodeada de malvados, de aquellos que por soberbia los habían callado. Y era lágrima sin agua porque se había acostumbrado a no llorar.

Cuando reía emitía el sonido más bonito del mundo y ese silencio era el más dolorso.

Así que dormía para escapar. Y yo la imaginaba de niña, corriendo por un gran campo verde, con los cabellos dorados de princesa, con nadie que le pudiera hacer daño.

La imaginaba libre, como deben estar los pájaros, como debía estar ella.

Como sé que ahora estará.

 

 

 

Recuerdos de una vida

Dicen que el pasado es un instante de tiempo que solo existe porque se queda grabado en nuestro recuerdo, que si nadie recordase el pasado, no existiría, no hubiese existido, que las vivencias y momentos vividos solo serían un fantasma que nadie ve. 

David no recordaba dónde había leído ese párrafo. Sentado en su mecedora, mirando a una Luna que ya pocas veces le hacía caso, intentaba con todas sus fuerzas acordarse de cada uno de los momentos en que había sido feliz. Todos, o casi todos al menos, estaban asociados a ella.

Recordó, por un instante, aquella noche en un cine de verano. Por un puñado de monedas, ahora sin valor, veías dos películas y te invitaban a cenar. Para él, la película era ella y cada movimiento de su cuerpo una bella escena inolvidable. Unos labios que se tuercen formando una sonrisa, un desliz de sus dedos nerviosos o incluso un suspiro inesperado. Ella miraba la película y él la miraba a ella, hasta que por fin los dos se miraban y la búsqueda de secretos se hacía inevitable…

Se acordó también de ellos dos tumbados sobre el césped. Intentaban adivinar las formas de las nubes, y cada forma en la que coincidían se regalaban un beso. Se pasaban la tarde besándose, al final daban igual las nubes, y es que ellos mismos eran dos nubes que se fundían y formaban una sola, e intentar adivinar su forma sería imposible o, por lo menos, indescriptible.

Le vino a la mente aquella tarde en la que perdieron el autobús y tuvieron que llegar andando hasta casa. Llovía a mares.  David le dejó su chaqueta y aún así los dos acabaron empapados. Llegó un momento en que se dieron cuenta de que hicieran lo que hicieran, nada iba a impedir que se mojaran. Entonces se pararon y sintieron la lluvia, miraron hacia arriba con la boca abierta y bebieron de ella, luego se miraron a los ojos y bebieron de la otra persona. La lluvia se confundió con la saliva y los dos pensaron que nunca un beso había sabido tan bien. Se pasaron una semana enfermos cada uno.

………

Entonces una espesa niebla y las lágrimas que empiezan a rodar por el rostro de David. Puede ver cómo las imágenes se van, cómo los recuerdos se esfuman, cómo, segundo a segundo, una vida entera, la felicidad, se va y se esfuerza en no volver. David miró cabizbajo un vacío que no le daba explicaciones sobre por qué le tiene que pasar eso a un ser humano, por qué se tiene que borrar así una vida sin que uno decida si quiere hacerlo o no.

– ¿Quieres un té, David?

David miró hacia arriba, era una mujer bastante mayor, diría que de su edad. Lo cierto es que a pesar de los años la veía preciosa y su rostro le sonaba de algo… quizás un cine, quizás una nube, quizá una gota de lluvia…

-Perdone, ¿nos conocemos usted y yo de algo?

Los dos se miraron a los ojos. Por las mejillas de ella rodaron dos lágrimas. Por el rostro de él rodó la creencia de que había algo que le unía a esa mujer, algo más fuerte que él mismo y que cualquier recuerdo olvidado.

Teresa volvió la cocina, lugar en el que se derrumbó del todo. Tirada en el suelo, las lágrimas no eran suficiente colchón para el dolor que sentía.

David, mientras tanto, volvió a mirar a la Luna en busca de respuestas. Esta vez las encontró. Cogió su diario rápidamente, un boli con tinta fresca y se puso a escribir…

Llega un momento en la vida de todo ser humano en el que tan solo nos quedan los recuerdos de una vida que se acaba, un momento en el que solo estamos hechos de recuerdos porque es muy difícil crear alguno más. De lo que vivamos ahora, de las personas con las que compartamos la vida, estaremos hechos en un futuro. 

Intenta recordar, intenta no olvidar, pues cuánto más tarden esos recuerdos en borrarse, más tardará tu vida en esfumarse. Una vez se vayan, te irás tú con ellos… 

David cerró el diario y miró la Luna de nuevo. Se acordó en ese momento de un párrafo que había leído no sabía dónde:

Llega un momento en la vida de todo ser humano en el que tan solo nos quedan los recuerdos de una vida…

Recuerdos

Me pongo a pensar porque no tengo idea de cómo empezar este relato. Cientos de imágenes y recuerdos flotan en mi cabeza y no sé por dónde empezar para darles forma, algo que tenga sentido y sea tan intenso que sea capaz de conseguir un leve estremecimiento en la persona a la que va dirigido.

Aún recuerdo ese primer día, el día en el que nos conocimos. Yo llegaba tarde a una clase que poco me importaba y ella estaba allí, creo que un poco asustada por ser su primer día en un mundo desconocido. Aquel sería el primer día, la primera hora de otras tantas que llegarían después.

Y es que sin querer, no son pocas las horas que hemos pasado codo con codo, en silencio, discutiendo las palabras exactas a poner en algo en lo que parecía que nos jugábamos la vida o simplemente hablando de cosas mundanas. Y aunque yo era un libro cerrado y mis palabras no querían contar lo que mi alma decía a gritos, ella siempre me leía, ella siempre lo notaba, notaba el mínimo detalle, notaba que estaba mal. Mi respuesta a sus preguntas siempre era “nada”, y aunque yo no lo quisiera contar, sabía que allí había una persona a la que le podía contar cualquier cosa. Y es que ella siempre parecía ir un paso por delante. Admito que siempre que he escuchado sus “estás raro” o “qué te pasa” estaba en lo cierto, estaba raro por cosas, me pasaban cosas, pero no soy yo persona de contar las cosas… Pero a pesar de que mis labios normalmente se quedaban sellados yo sonreía por dentro porque sabía que si en cualquier momento las palabras se decidían a salir, alguien las escucharía.

Su nervio y agobio y mi tranquilidad creo que son un buen contrapunto. Y es que su nervio me hace ver que no todo está ganado, que aún quedas cosas por luchar y por ganar, y mi tranquilidad creo que le tranquiliza a ella aunque solo sea por unos segundos, aunque solo sea que por unos instantes olvide que no todo en la vida es aquello que estamos obligados a hacer, aquello que nos piden hacer, aquello que normalmente nos roba horas de sueño, sino también  esos pequeños instantes en los que piensas que la vida está hecha para ser vivida, que no vale la pena estar cabreado por cosas que en realidad no tienen tanta importancia.

Me vienen instantes de mañanas en las que, mientras mis ojos apenas se podían abrir a causa del sueño, se oían sus “buenos días” acompañados de una tenue sonrisa, instantes de las horas echadas enfrente del ordenador, de los apuntes, de la vida… Horas que volaban, porque aunque lo que estábamos haciendo no era lo mejor del mundo, la compañía sí lo era, daba igual que fuera algo importante, en el aire fluían sonrisas y buen rollo, y de esa manera nada se hacía pesado o aburrido, así cualquiera lo haría, a pesar de ciertas cosas que a veces nos hacían bajar la cabeza.

Pasarán estos días, pasarán estos momentos, estos instantes, llegará el día en que las maletas de cada uno estén tan lejos que ni aún gritando se podrían escuchar. Pero siempre quedarán ahí los recuerdos, los recuerdos de lo que dicen, es una de las mejores etapas en la vida de una persona, pues en esos recuerdos, en gran parte de ellos, estará ella. La distancia llegará, los destinos se separarán pero los recuerdos… esos nadie me los podrá quitar.

Fin de curso

Durante mi paso por la educación primaria, mis compañeros y yo hemos vivido muchos buenos momentos pero quiero rescatar uno en concreto, la preparación de los actos de fin de curso y la fiesta de fin de curso que realizábamos en el patio del colegio, en concreto en los cursos de quinto y sexto.

Era seguramente el momento que más esperábamos los alumnos durante el curso pero no teníamos ilusión porque fuera el día en el cual se acababa el curso y empezaban las tan esperadas vacaciones de verano, toda nuestra ilusión venía de que para la fiesta de fin de curso teníamos que preparar una obra de teatro y la coreografía de una canción, normalmente todo lo hacíamos en las clases de religión, ya que era la maestra de esta asignatura la que buscaba la obra y nos ayudaba a ensayar y en los recreos. Estos momentos en los cuales ensayábamos la obra de teatro y la coreografía nos encantaban ya que eran momentos en los que podíamos desconectar por completo de las aburridas clases de siempre, podíamos por fin despegar el culo de la silla, sacar los ojos de la pizarra y hacer algo diferente. Eran momentos en los que uno podía sacar su faceta más payasa, descarada y divertida, además, durante esos ensayos el grupo de clase se reforzaba mucho más, se dejaba atrás cualquier disputa que hubiera habido, se reforzaban los lazos que andaban medio sueltos.

Todo culminaba el día de la fiesta de fin de curso. La fiesta era por la noche pero ya desde la mañana se notaban los nervios en nuestros cuerpos. Siempre quedábamos sobre las cuatro de la tarde para empezar a montar los decorados de la obra de teatro, además, hacíamos los últimos ensayos de la misma obra y de la coreografía de una canción. Durante esos últimos momentos antes de actuar era cuando los nervios más florecían entre nosotros, nervios por alguna frase que no recordábamos, por ese paso de baile que no se nos daba del todo bien o, simplemente, porque el momento de la actuación estaba cada vez más cerca. Siempre, por el hecho de que estábamos en los cursos más avanzados, éramos los últimos en salir, por lo que los nervios se acentuaban más y más.

Recuerdo las dos obras de teatro que hicimos, una en quinto y otra en sexto de primaria, con cierta nostalgia: la primera porque era la primera que realizábamos, además, la obra era realmente buena y, entre que era una comedia y que nosotros creo que lo hicimos bastante bien, el publicó se rió de lo lindo y se fue a su casa bastante contento. Mi impresión se confirmó cuando le pregunté a la maestra de religión nada más terminar la obra qué tal había ido y me dijo con una amplia sonrisa que había ido muy bien; el segundo año no nos fue tan bien. La obra pretendía ser una comedia pero no tenía la chispa necesaria como para hacer reír a la gente, así que, a pesar de nuestro esfuerzo la gente permanecía bastante seria en su asiento. Además, precisamente yo, le di el puntazo para que la obra se convirtiera en una catástrofe. Yo era el protagonista de la obra y había un cierto punto en el que me tenía que cambiar de ropa rápidamente porque pasaba de ser pobre a ser rico, pero resulta que no me dejé la ropa al lado del escenario sino dentro del colegio, solo tenía un par de minutos para cambiarme así que corrí con todas mis fuerzas a por la ropa. Entre que un botón del pantalón no me abrochaba y que no corrí lo suficiente, debieron pasar por lo menos diez minutos hasta que aparecí, la gente me aplaudió cuando me vio pero seguramente en sus cabezas no pensaban otra cosa que “¡ya era hora!”. Mis sospechas de nuevo se confirmaron con la maestra de religión, cuando le pregunté qué tal había ido la obra no me supo responder. Menos mal que todo se arregló cuando hicimos la coreografía, ese año escogimos la canción principal de la película Grease e hicimos un baile que nos salió bordado. El público nos dedicó una bonita ovación y se fue de allí diciendo que había sido lo mejor de la noche, eso sí, ésta última frase no tenía mucho mérito viendo las pésimas actuaciones que se habían realizado a lo largo de la noche.

En fin, todos estos son momentos que a uno le gusta recordar, que disfruta recordando, por estos momentos merece la pena ir a la escuela, la amistad se ensalza, los malos momentos se olvidan, son momentos con los que a uno le gustaría ser de nuevo pequeño y vivirlos de nuevo, o por lo menos dejar pensar por un instante en todo aquello que nos nubla la cabeza y nos agobia.

Verano del 73

Cuando mis padres me dijeron aquel verano del 73 que nos íbamos de vacaciones a un pequeñito pueblo de poco más de mil habitantes, el estado de exaltación que yo tenía desde que había terminado el curso en el colegio se vino abajo. Tenía yo 14 años y mis deseos iban mucho más allá de un sitio casi despoblado, apenas sin niños con los que jugar y habitando una casa prácticamente en ruinas. Hasta el día en que me dieron la noticia, mi mente se había trasladado a lugares como la selva amazónica, el frío insufrible de Siberia o los altos rascacielos de Nueva York que tantas veces había visto en las películas. Sigue leyendo