¿Has pensado ya en cómo será nuestro adiós, en cómo serán nuestros últimos minutos juntos?

No queda mucho para que nuestras voces se apaguen lentamente hasta ese agónico final, hasta el oscuro silencio. Como un precipicio que se acerca a nosotros sin que podamos hacer nada para frenarlo.

Nos falta todo, las ganas y la vida, esa que parecía querer brillar siempre y no creíamos que tuviera final.

Claro que lo tenía, todo acaba, hasta lo que parece ser para siempre.

Pienso mucho en cómo será esa caída, en cuándo se producirá, en lo que vendrá después. Pienso en quién dirá la última palabra, quizá sin ni siquiera saber que es la última, sin tener ni idea de que después solo habrá silencio. Y vacío.

Pienso en el escenario de nuestra historia, ese en el que hemos actuado, en los focos apagados y las gradas vacías, en los momentos que vivimos y solo quedan como eco, como sombras y fantasmas.

Pienso, sobretodo, en si me recordarás.

Luego vendrá el intentar subir por el precipicio, el no saber si hemos caído, si de verdad es el final, el darse cuenta de que todo ha acabado, el ver el rostro del otro en todas partes y querer moverse por impulsos.

Darse cuenta de que lo mejor que se puede usar en estos casos es la razón.

Es jodido tener la certeza de que esto tiene final, que solo quedan unos pasos.

Supongo que el último será el olvido, cuando ya incluso el eco se apague, cuando ya incluso hayamos olvidado nuestros rostros y solo queden nuestros nombres, lo que nos hicimos sentir uno al otro.

Creo que, siendo realistas, eso también se desvanecerá.

Nos damos de la mano y caminamos hacia el inevitable final. Nos miramos a los ojos y vemos en ellos toda nuestra historia. Sonreímos.

Y decidimos cómo acabará esta historia.

Camino sobre mis propias huellas aquellos caminos que un día ya recorrí, aquellos en los que me encontré tantas piedras que no alcanzo a saber cómo sigo vivo.

Camino terrenos conocidos, barro removido en el que se libraron mil batallas, guerras sin vencedores ni vencidos en las que perdimos todos.

En las que volveremos a perder, ahora toca contigo.

Me sueno a mí mismo cansado, aburrido, como si fueses un monstruo más de todos los que ya he visto y conociera todas tus artimañas y tus armas, todas las estrategias que utilizarás para vencerme.

Como si no fueses más que rutina en todo este camino de desencantos que he ido dejando atrás.

Y lo eres, eres rutina, o lo serás. No eres especial.

Has salido del barro y me has visto desnudo, has toqueteado mis armas y te has dado cuenta de que están rotas, me has cogido con la punta de tus dedos y me has zarandeado. Pero no me importa, solo tengo que esperar, pues el propio barro del que saliste te engullirá de nuevo.

Cómo no voy a sonarme cansado, si lo estoy. Cómo no me voy a aburrir si te he vivido un millón de veces, si parece que llevo mil años caminando a tu lado mientras te veo alimentarte de los demás, de mí mismo, despojándonos de todo, echándonos al mismo barro del que provienes.

Cómo no voy a estar cansado si eres el mismo monstruo de siempre disfrazado con otra piel.

Sigo caminando, me agacho, cubro una huella con mis manos y cierro los ojos. Oigo el rugido, sé que estás cerca.

Y ni siquiera me preparo para recibir el impacto. Total, todo será como la última vez.

Como lo fueron todas las veces.

¿Recuerdas cuando volamos por última vez?

Lo hicimos tan bajo que casi chocamos con las heridas hechas por el paso del tiempo. Las rozamos, algunas tan cerca que se hicieron más grandes, como esas cicatrices que, por más alcohol que le eches, no curan.

Creamos hielo en los silencios, tan helado que hubiese sido imposible romperlo. Abrimos las alas sin ganas y yo cerré los ojos porque me dolía ver abismos allí donde había habido gigantes, porque me mataba ver oscuridad allí donde siempre había habido luz:

en tu piel, en tus gestos, en tus labios, pero sobretodo en tus ojos.

Joder, cerraba los ojos para no mirar los tuyos.

Para no hacer frente a la verdad, para poder soportar el vacío, para aguantar la indiferencia.

¿Recuerdas cuando sentimos por última vez?

Aterrizamos sin decirnos nada y, en verdad, sin sentir nada. Supimos al instante que todo había terminado y ni siquiera lo lamentamos.

Y a pesar de ello, a pesar de no haber caído en pleno vuelo, a pesar de esperarlo y saberlo, el golpe fue tan duro como saltar sin paracaídas.

Como saltar, volar sin ti.

Y ahora camino, ni siquiera me acuerdo de volar, de cómo se despliegan las alas si no te veo hacerlo.

Sigo con los ojos cerrados desde entonces, sigo sin poder abrirlos mientras aprendo de nuevo.

A eso de volar con cicatrices.

A eso de volar incluso con heridas abiertas.

Pisar aquel bosque donde sucedieron las mejores historias, aquellas de iniciales talladas a cuchillo y tardes de mantel.

Caer rendido a la luz que se filtra entre los árboles, sentir como da calor a cada centímetro de la piel y cerrar los ojos, pensando en que hubo otros tiempos en que el calor me lo daban tus abrazos.

Caminar entre la hierba y las hojas que rondan el suelo, escuchar las voces de animales curiosos que me rondan y susurran los cuentos que aún no se han contado.

Respirar, tan hondo que por un momento se agolpa todo el aire y me atonta, tal vez ese mismo aire que tú un dia expulsaste hasta quedarte sin aliento, después de jugar al juego de perdernos.

Gritar hasta quedarme sin voz, hacer volar a los pájaros de miedo y luego sentarme, agotado, justo en aquel lugar donde empezó todo.

Donde me cogiste por la espalda y los segundos fueron lágrimas de arena.

Donde rocé tus labios tan lento que, desde entonces, siempre tengo ganas de más.

Y aún no se han marchado, a pesar de la ausencia, a pesar del olvido, a pesar de mí.

Aún no se han marchado las ganas ni los miedos, ni los nervios pensando que algún día volverás.

Mariposas, mentís tan perfecto que os odio, lo hacéis tan bonito que os quiero.

Me hacéis tan ingenuo que muero.

 

 

Silencios

Cómo joden los silencios cuando son inesperados.

Cuando quieres hablar y no te sale la voz porque hay sentidos que te la quitan, y gritas tan alto que te ensordeces a ti mismo pero nunca al mundo, porque ellos solo escuchan cuando quieren escuchar.

Cómo joden los silencios cuando creías que había alma y también vida, cuando caminábais sobre seguro y, al instante siguiente, nadie te acompaña.

Cuando el tiempo va pasando y te das cuenta de que nunca volverá esa voz, que olvidarás todos sus agudos y sus graves y hasta cómo se reía.

Joder, su risa.

La escucho ahora mismo si cierro los ojos, si rebusco un poco allí donde ahora hay oscuridad, si intento parar el tiempo, congelarlo por un instante.

Y es una mierda, porque la última vez que la escuché reír no sabía que era la última.

Cómo joden los silencios cuando alguien lo era todo.

Y la indiferencia. Cuando ves a esa persona y no le dueles, cuando querrías dar el paso y te chocarías frente a un muro, cuando mira a otra parte. Es aterrador saber que todo ese tiempo no valió absolutamente para nada.

Que detrás de vuestra historia, solo queda vacío.

Que es tan fácil olvidar, como haberse conocido.

Canciones que llevan tu nombre

Anoche escuché la canción que tanto me recuerda a ti.

Sería bonito si no me hiciera tanto daño.

Si no contara nuestra historia con tantos detalles.

Si fuera una canción alegre, de esas que acaban bien, de las que escuchas sonriendo.

La cantamos tantas veces… La susurrábamos al oído y yo tocaba la guitarra con acordes mayores, después nos besábamos y bailábamos toda la noche metidos entre las sábanas.

Pero ahora todo se escribe en menor y la canción es un golpe al corazón.

Anoche escuché la canción que tanto me recuerda a ti.

Hablaba de esas noches en que nos cogíamos de la mano y recorríamos las calles, en que los gatos nos miraban contarnos la vida, envidiosos de nuestro aliento.

Hablaba de estar tumbados en la cama en silencio, escuchándonos respirar, calma previa a la tormenta.

Hablaba de mirarnos a los ojos y sonreir, de gigantes que se creen invencibles, de vidas que parecían ir siempre de la mano.

Pero también de tropezar y caer.

De no poder alzar el vuelo.

De rozarnos con los dedos sin tocarnos.

De alejarnos irremediablemente.

Qué bonito que cada canción lleve firma, que cada una tenga una historia que contar. Qué mierda que esta lleve la tuya, pues es mi favorita y nunca la dejaré de escuchar.

Qué mierda pensarte al sonar la instrumental, observar tu cara en la primera estrofa, escucharte justo cuando la canción no puede parar.

Qué mierda convertirte en canción y que seas inmortal.

Tú y yo, que lo fuimos todo.

Tú y yo, que tantas veces hablamos de imposibles, que hicimos la luna nuestra, igual que los besos a medianoche.

Tú y yo, que fuimos resistencia contra demonios venidos de otros mundos.

Tú y yo, que cantamos en silencio, que fuimos tormenta envuelta de sábanas blancas y gritos pidiendo más.

Tú y yo, que imaginamos la vida feliz inventada a golpe de sueño al oído, que nos susurramos tanta veces que, si cierro los ojos, todavía escucho tu voz.

Tú y yo, que caminamos en direcciones opuestas.

Tú, que ya me has olvidado.

Yo, que nunca te he dejado de pensar.

¿Qué hacer cuando anhelas tanto algo que nunca volverá?

¿Qué hacer cuando vives en espejismos de lo que nunca pasará?

¿Qué hacer cuando la vida te da una hostia diciéndote que ya nunca será?

Que las cosas han cambiado.

Que eres feliz no estando a mi lado.

Que no dependía de mí tu caminar.

Que dejándome atrás has conseguido avanzar.

Caer, suspirar, tal vez llorar.

Recibir la hostia con dignidad.

Soltarte, dejarte ir.

Simplemente disfrutar con tu felicidad.