Qué jodido es asociarte a algo.

Escuchar aquella canción que tanto te gustaba, ver esa película que me recomendaste y recordarte.

Qué jodido es hacerlo cuando estoy intentando olvidarte.

Lo odio. Escuchar esos acordes y que aparezcas delante de mí, volver a ese momento en que me hablaste emocionada, me tarareaste la canción y yo la escuché por primera vez sin saber que esa canción serías tú para siempre, que ya no tendría otro sentido.

Odio ver la escena de aquella película que comentamos al detalle, que destripamos al milímetro porque era tu favorita, que ya no puedo ver de otra manera que no sea recordándote.

Te convertiste en película, libro y canción. Uno de cada lleva tu nombre y tu rostro.

Y joder, vaya mierda, cerrar los ojos y que vuelvas a mí de esa manera, que aparezcas en cualquier momento inesperado sin yo quererlo, que me hayas olvidado y yo no poder hacerlo.

Lo odio porque temo que no te marches jamás.

¿Cómo hacerlo si convertiste tu canción en una de mis favoritas?

¿Cómo hacerlo si tengo ese libro en la estantería?

¿Cómo hacerlo si parece que todo el mundo habla de ello, de ti?

Me pregunto si a ti también te pasará, si escucharás mi canción favorita y también apareceré ante ti.

No creo, no creo siquiera de que te acuerdes de cuál es mi canción favorita, a pesar de que te la canté mil veces.

No creo que te acuerdes siquiera de mí.

Y, mientras tanto, yo vuelvo a escuchar tu canción.

¿Has pensado ya en cómo será nuestro adiós, en cómo serán nuestros últimos minutos juntos?

No queda mucho para que nuestras voces se apaguen lentamente hasta ese agónico final, hasta el oscuro silencio. Como un precipicio que se acerca a nosotros sin que podamos hacer nada para frenarlo.

Nos falta todo, las ganas y la vida, esa que parecía querer brillar siempre y no creíamos que tuviera final.

Claro que lo tenía, todo acaba, hasta lo que parece ser para siempre.

Pienso mucho en cómo será esa caída, en cuándo se producirá, en lo que vendrá después. Pienso en quién dirá la última palabra, quizá sin ni siquiera saber que es la última, sin tener ni idea de que después solo habrá silencio. Y vacío.

Pienso en el escenario de nuestra historia, ese en el que hemos actuado, en los focos apagados y las gradas vacías, en los momentos que vivimos y solo quedan como eco, como sombras y fantasmas.

Pienso, sobretodo, en si me recordarás.

Luego vendrá el intentar subir por el precipicio, el no saber si hemos caído, si de verdad es el final, el darse cuenta de que todo ha acabado, el ver el rostro del otro en todas partes y querer moverse por impulsos.

Darse cuenta de que lo mejor que se puede usar en estos casos es la razón.

Es jodido tener la certeza de que esto tiene final, que solo quedan unos pasos.

Supongo que el último será el olvido, cuando ya incluso el eco se apague, cuando ya incluso hayamos olvidado nuestros rostros y solo queden nuestros nombres, lo que nos hicimos sentir uno al otro.

Creo que, siendo realistas, eso también se desvanecerá.

Nos damos de la mano y caminamos hacia el inevitable final. Nos miramos a los ojos y vemos en ellos toda nuestra historia. Sonreímos.

Y decidimos cómo acabará esta historia.

Camino sobre mis propias huellas aquellos caminos que un día ya recorrí, aquellos en los que me encontré tantas piedras que no alcanzo a saber cómo sigo vivo.

Camino terrenos conocidos, barro removido en el que se libraron mil batallas, guerras sin vencedores ni vencidos en las que perdimos todos.

En las que volveremos a perder, ahora toca contigo.

Me sueno a mí mismo cansado, aburrido, como si fueses un monstruo más de todos los que ya he visto y conociera todas tus artimañas y tus armas, todas las estrategias que utilizarás para vencerme.

Como si no fueses más que rutina en todo este camino de desencantos que he ido dejando atrás.

Y lo eres, eres rutina, o lo serás. No eres especial.

Has salido del barro y me has visto desnudo, has toqueteado mis armas y te has dado cuenta de que están rotas, me has cogido con la punta de tus dedos y me has zarandeado. Pero no me importa, solo tengo que esperar, pues el propio barro del que saliste te engullirá de nuevo.

Cómo no voy a sonarme cansado, si lo estoy. Cómo no me voy a aburrir si te he vivido un millón de veces, si parece que llevo mil años caminando a tu lado mientras te veo alimentarte de los demás, de mí mismo, despojándonos de todo, echándonos al mismo barro del que provienes.

Cómo no voy a estar cansado si eres el mismo monstruo de siempre disfrazado con otra piel.

Sigo caminando, me agacho, cubro una huella con mis manos y cierro los ojos. Oigo el rugido, sé que estás cerca.

Y ni siquiera me preparo para recibir el impacto. Total, todo será como la última vez.

Como lo fueron todas las veces.

¿Recuerdas cuando volamos por última vez?

Lo hicimos tan bajo que casi chocamos con las heridas hechas por el paso del tiempo. Las rozamos, algunas tan cerca que se hicieron más grandes, como esas cicatrices que, por más alcohol que le eches, no curan.

Creamos hielo en los silencios, tan helado que hubiese sido imposible romperlo. Abrimos las alas sin ganas y yo cerré los ojos porque me dolía ver abismos allí donde había habido gigantes, porque me mataba ver oscuridad allí donde siempre había habido luz:

en tu piel, en tus gestos, en tus labios, pero sobretodo en tus ojos.

Joder, cerraba los ojos para no mirar los tuyos.

Para no hacer frente a la verdad, para poder soportar el vacío, para aguantar la indiferencia.

¿Recuerdas cuando sentimos por última vez?

Aterrizamos sin decirnos nada y, en verdad, sin sentir nada. Supimos al instante que todo había terminado y ni siquiera lo lamentamos.

Y a pesar de ello, a pesar de no haber caído en pleno vuelo, a pesar de esperarlo y saberlo, el golpe fue tan duro como saltar sin paracaídas.

Como saltar, volar sin ti.

Y ahora camino, ni siquiera me acuerdo de volar, de cómo se despliegan las alas si no te veo hacerlo.

Sigo con los ojos cerrados desde entonces, sigo sin poder abrirlos mientras aprendo de nuevo.

A eso de volar con cicatrices.

A eso de volar incluso con heridas abiertas.

Pisar aquel bosque donde sucedieron las mejores historias, aquellas de iniciales talladas a cuchillo y tardes de mantel.

Caer rendido a la luz que se filtra entre los árboles, sentir como da calor a cada centímetro de la piel y cerrar los ojos, pensando en que hubo otros tiempos en que el calor me lo daban tus abrazos.

Caminar entre la hierba y las hojas que rondan el suelo, escuchar las voces de animales curiosos que me rondan y susurran los cuentos que aún no se han contado.

Respirar, tan hondo que por un momento se agolpa todo el aire y me atonta, tal vez ese mismo aire que tú un dia expulsaste hasta quedarte sin aliento, después de jugar al juego de perdernos.

Gritar hasta quedarme sin voz, hacer volar a los pájaros de miedo y luego sentarme, agotado, justo en aquel lugar donde empezó todo.

Donde me cogiste por la espalda y los segundos fueron lágrimas de arena.

Donde rocé tus labios tan lento que, desde entonces, siempre tengo ganas de más.

Y aún no se han marchado, a pesar de la ausencia, a pesar del olvido, a pesar de mí.

Aún no se han marchado las ganas ni los miedos, ni los nervios pensando que algún día volverás.

Mariposas, mentís tan perfecto que os odio, lo hacéis tan bonito que os quiero.

Me hacéis tan ingenuo que muero.