Hoy he estado pensando en todas aquellas cosas que jamás sabremos de las personas que amamos.

Amamos del verbo amar en pasado, como son tantas personas que pasan por nuestra vida.

Aquellas que se marcharon o decidimos que se marcharan, las que quisimos en su día y ahora a veces ni recordamos, las que nos rompieron el corazón o rompimos nosotros tal vez de tanto usarlo.

Me he dado cuenta de que jamás sabré si a esa persona le irá bien en ese proyecto que quería emprender o si conseguirá hacer el viaje de su vida, si se comprará un coche o escribirá aquella novela que tenía en mente, si logrará ver a su grupo favorito, si tendrá hijos.

Si habrá amado de nuevo.

Si será feliz.

Jamás volveré a saber si eres feliz.

Y me jode, porque era lo que más feliz me hacía a mí.

Jamás sabré nada más de ti. Yo, que llegué a saberlo todo, tus risas y tus taras, tus miedos y deseos, tus cielos, tus infiernos.

Nosotros, que lo fuimos todo y ahora solo hay nada.

Jamás volveré a saber.

He pensado incluso que te marcharás de este mundo sin que volvamos a hablar, que dejarás este mundo sin que yo siquiera me entere, o lo haré yo antes y para ti será un día más.

Constantemente se marchan personas de nuestra vida que nos han dejado huella, nos despedimos de ellas sin ser conscientes de que esa despedida es para siempre.

Joder, “para siempre”, creo que es el término peor utilizado del mundo.

Porque decimos “para siempre” muy fácilmente, como si creyésemos que no es verdad.

Pero, en realidad, demasiadas cosas lo son.

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