Camino por abismos, de esos infinitos que no sabes de dónde han salido, que han surgido de repente.

Camino por piedras rugosas, de esas invisibles que no ves hasta que duelen, hasta que ya has tropezado y ves el suelo de cerca.

No hay más precipicios.

Cierro los ojos y los veo, están tan cerca que siento el vacío en el cuerpo y en la sangre, lo respiro y me quema.

Eres vacío y aún no sé cómo de grande.

Eres abismo y precipicio, y aún no sé a qué altura estoy.

Si supieras cuánto me doliste, si supieras cuánto me llevaste…. Si lo supiera yo mismo con exactitud, quizá lo entendería.

La ilusión y la esperanza, lo que no fue y quizá no volverá, los años de una vida que ya no será.

Joder, no pienses en lo que no será.

Tengo vértigo. Trago saliva y soy incapaz de abrir los ojos para ver qué me espera más allá. Me aferro a todo aquello que creo que me da fuerzas y hasta eso me empuja a dar ese paso que no quiero dar.

Al abismo.

Al pasado.

A la muerte.

A ti.

Que me esperas al otro lado, que me aguardas como un monstruo rugiendo por mi cuerpo, mostrando sus dientes, salivando, preparando sus garras para cuando llegue el momento.

En realidad, debería huir hacia adelante.

Al final, quizá, es el único camino. No hay nada detrás de mí o en los costados, solo ahí, delante, en ese vacío.

Y es que, a veces, la única salida es enfrentarnos a ese monstruo. Por más que nos duela, por más que temamos a la muerte.

Y es que, al fin y al cabo, la muerte es solo el inicio de otra vida.

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