Dios tiene Facebook

Imaginad a Dios. Imaginadlo como queráis, da igual que sea un señor bien alto, esbelto, entrado ya en la cincuentena de años, con una barba que le llega hasta los tobillos i la mirada profunda del que todo lo sabe. O, si queréis, una mujer, cabello rubio quizá y la piel tan perfecta que parece que no pasan los años por ella, su sonrisa es ingeniosa y malévola a la vez. Ponedle la raza que queráis, supongo que tanto uno como otro son guapos, porque… Dios debe ser guapo, ¿no?

Imaginadlo tumbado en  una nube, pensando en sus quehaceres, con un ordenador portátil sobre sus rodillas, dándose una vuelta por sus redes sociales. Entra en Facebook y… vaya, le han etiquetado en seis fotos, deben ser de la fiesta del sábado con San Pedro. Empieza a recorrer su muro bajando con la ruedecilla del ratón y se echa las manos a la cabeza.

“Si ves este Ángel, tienes 10 segundos para compartir y mañana tendrás… un extra de dinero”.

“Comparte esta foto y escribe amén, vivirás un tiempo maravilloso impregnado de buenas noticias y prosperidad. Estarás viviendo un sueño despierto, algo fuera de los límites de tu existencia habitual”.

“Pedimos por el descanso eterno de las víctimas del atentado y te pido, señor, que se repongan sin secuelas los heridos. Amén”.

“Comparte esta foto y pronto recibirás mucho dinero. Amén”.

“Enhorabuena, esta imagen que ha llegado a ti mejorará tu vida, no te olvides de escribir Amén y compartirla. ¡No lo dejes pasar!”

Dios cierra el portátil, se asoma al abismo que lo distancia de la tierra y empieza a obrar milagros como si no hubiera mañana. ¡Un milagro por aquí, otro por allá! ¡Corre, hay que lanzar uno rápido hacia allí! Imagino a Dios cansado de tanto obrar milagros y todo el mundo feliz y rico. Y espera, que ahora lo llaman del planeta E-562. Cría cuervos…

En fin, supongo que esto ha pasado siempre. Hace 50 años todo el mundo pedía deseos y rezaba a unas estampitas que no eran más que un trozo de cartón coloreado. Hace quince eran las cadenas de mails las que provocaban el pánico entre los que creían que el mero hecho de no seguirlas podía provocarle una racha de mala suerte durante veinte años. Y ahora es esto: imágenes en redes sociales en las que algunos de nosotros parecen hacer recaer toda su suerte, todo su destino, como si el mero hecho de compartirla y poner un escueto “Amén” fuera a cambiar su vida.

No creo en Dios. Creo en las energías, creo en el universo, creo en el karma, pero no creo en un Dios tal y como lo ha establecido la sociedad. De todas maneras, si existiera ese Dios que os he descrito al principio o que habéis imaginado en vuestras cabezas, no creo que tenga Facebook, no creo que esté pendiente de vuestros muros, de las imágenes que colguéis en ellos, no creo que esa imagen cure un cáncer, salve heridos de guerra o, pongámonos en lo peor, si no seguimos la cadena, nos caigan encima veinte años de mala suerte.

Es iluso creer que una imagen en una red social da o quita suerte, da o quita dinero, porque la suerte no se da o se quita y el dinero aún menos. La suerte hay que ganársela, hay que trabajarla lentamente hasta que uno recibe lo que quiere a cambio, no hay que esperar que llueva del cielo, sino plantar semilla para recoger frutos. Ya decía Picasso que “la inspiración existe, pero tiene que pillarte trabajando”, y es cierto, totalmente cierto, igual pasa con la suerte. Por ejemplo, a mí me gusta escribir y desearía publicar algún día un libro. Las posibilidades de tener la suerte de publicar un libro serán mucho más altas si me lo gano día a día, si trabajo de forma constante, que si estoy todo el día tirado en el sofá.

Me da mucha rabia la gente que publica estas cosas y siento ser tan brusco si vosotros lo habéis hecho alguna vez. Como broma vale, pero continuamente… me parece algo tan increíble que no llego a entender la mente de una persona que cree que eso puede tener algún efecto en su vida.

En fin, creo que deberíamos dejar a Dios en paz. Creo que el pobre hombre o mujer tendrá cosas mejores que hacer, otros problemas en los que pensar que andar repartiendo suerte por ahí. Y bueno, si a alguien le ha funcionado, que me mande Dios una señal o algo.

Espera…

Espera…

Espera…

No, me temo que Dios tampoco manda señales.

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